Breve historia
de un encuentro
o
Apuntes para
una historia más larga
Navidades de mil
novecientos sesenta y cinco, una lluvia fina tropezaba contra el parabrisas de
la Barreiros. Transportábamos un cargamento de varios cientos de tubos de acero.
Mi compañero era mayor, tendría unos cuarenta años, estaba casado y ya era
calvo. Se interesaba por mi vida no entendía que un estudiante de buena familia
trabajara como repartidor, le sonreía, no sabía que contestarle para que me
entendiera. Le llamaba la atención mi aspecto, el pelo por los hombros, botas camperas,
zamarra militar de cuero comprada en el rastro, pantalones tejanos de la base
americana de Torrejón y siempre con un libro o un cuaderno tomando notas,
escribiendo.
¿Qué significa on
the road? Preguntó. En el camino, contesté, es la historia de un tipo que narra
cinco viajes por diversos lugares de estados unidos, narra sus aventuras,
describe la gente que conoce, ya sabes, droga sexo y libertad.
Una buena vida
contestó, seguro que no estaba casado, ni tenía hijos, ni familia.
De pronto un
frenazo seco, sobre la calzada un hombre tendido en el suelo. El lugar no era
de los que entran en los recorridos turísticos. bajamos para interesarnos,
llevaba en la mano un papel sucio donde guardaba un polvo blanco, mi compañero
miró arriba y abajo a derecha e izquierda, vámonos dijo
¿Qué haría el
tipo de la novela en este caso? Lo que vamos a hacer huir lo más rápido
posible, ah supongo que el polvo blanco también se lo llevaría.
Salimos disparados
-estaba muerto, sabes -, pues corre más En la huida un ruido de doscientos
tubos de acero de cinco metros de largo se vertía sobre el asfalto cortando la
circulación.
¡Venga apartar
esa chatarra!
¡Chaval date
prisa!
Sentado sobre los
tubos abandonados fumaba, mis ojos penetraban en el humo de los cigarrillos,
pensaba o me deje llevar por la imaginación. El tiempo pasaba pensando que mi
compañero no tardaría en traer ayuda, la lluvia comenzaba a ser aguanieve.
Sentía frío, pero
me encontraba sereno, me venían ideas, historias donde ser protagonista de alguna
aventura, mi imaginación volaba a los espacios conquistados por tantos
robinsones perdidos en los mares del sur, abrumado por una naturaleza hostil.
Recordé algo escrito
en la pared del metro: huid con rumbo a un atolón prohibido.
Me dio tiempo a
inspeccionar, el lugar era de cables no empotrados, donde la luz se engancha
sin toma de tierra, donde se amontona el sol sobre deshechos de pisos (cocinas,
lavabos, váteres, azulejos, grifería) entre muros a medio caer, ruinas,
colgajos de hormigón, adornos de la realidad donde se dibujaban signos entre
cabezas de animales.
Una banda de
gitanillos comenzó a subirse a los tubos, algunos querían agarrar alguno y
llevárselo, menos mal que pesaban bastante, otros solo querían jugar, les
dejaba solo por ver como se resbalaban por la grasa que llevaba el metal. Hasta que de pronto salieron, de no sé dónde, cinco
tipos mal encarados, sacados de alguna novela negra, solo había leído algunas
de un tal Montalbán, tipos suburbiales de algún casco viejo de Barcelona.
Tuve miedo, pero
os confieso que es la emoción más intensa que existe.
El alboroto
de la chiquillería hizo que viniera un guardia para ver qué pasaba, le conté la
historia, tranquilo- me dijo, ahora hablo con alguien de la zona y no tendrás
problemas.
Calles a medio asfaltar, caminos de tierra que se
adentraban si saber a dónde, senderos sin gloria que se alargan, que avanzan
entre cardos y espigas rechazadas en la última cosecha. Entre límites que se
elevan, que se hunden entre el espejismo de tierras vaciadas.
Territorios donde crece el maíz entre derribos y
desahucios.
Sentado sobre los
tubos sentía el viento frío, los párpados se negaban a abrirse.
Anochecía entre
las hogueras de bidones de Cepsa, se amontonaban muchachas dorándose en la
noche.
(Que extraño mundo
de cenizas sobre el barro de la nieve negra). Pensé
Dos faros
avanzaban por una pequeña loma, se acercaban por un camino de piedras, al fin
venían a rescatarme. Mientras cargaban la mercancía me permitieron que me
acercara al calor de las hogueras. Tiritaba, el conductor sacó una botella de
coñac y me la ofreció, llévala a la hoguera, te lo agradecerán.
En una de ellas
dos individuos bromeaban quemando un lagarto, una rata y una culebra. Aquellos
chirridos y todo este día marcaron mi territorio.
Comprendí la
nada, la plenitud de esa gente por no tener ninguna cosa, y que nada puede
cambiar sus vidas.
Agarré mi libreta
como si fuera un clavo ardiendo, comencé a escribir la idea de una historia: en
algunos lugares se sabe que alguien como nosotros come carne humana de niños
pequeños con regularidad para no morir de hambre. Será el comienzo de la
historia, ya veremos cómo acaba.
Quedaba poco
tiempo para la cena, llegaría tarde y no sabía que decir para justificar la
tardanza. No me agradaba contar la verdad.
Se estropeo la
furgo por la Ventilla y tuvimos que esperar a que viniera una grúa, fue lo único
que dije.
Antes de acabar
la comida y poco después de los postres nos intercambiamos los regalos. Mi
padre me regaló en cuatro tomos las obras completas de un tal Borges y mi madre
una estupenda cámara fotográfica con distintos objetivos, la regalé una estilográfica,
me costó un ojo de la cara, para que siguiera con su diario y a mi padre un
sextante para su colección que adquirí a un viejo anticuario del rastro, el
mismo día que compré mi vieja zamarra militar, con este regalo me quedé ciego y
no sé cuándo podría echar un vistazo a Borges,
Con dieciocho
años quise ser poeta no fue difícil por un tiempo, aparte de escribir también
añoraba poder cantar, no tenía una gran voz, frecuentaba viejos garitos con
olor a humedad, no pedían muchas explicaciones, pero cuando se apagaban los
focos, y solo se iluminaba el teclado, mi cerveza, me daba por satisfecho.
Conocí a mucha
gente, una noche apareció un poeta jerezano, famoso que no conocía por aquella
época, rondaba los setenta años, pasé con él una temporada, casi diecinueve
días con sus quinientas noches, me enseño todo su manual de infracciones.
Leyendo a Lorca
supe que en Viena hay diez muchachas, que en un hombro solloza la muerte en un
bosque de palomas disecadas. Que, en un fragmento de la mañana, hay un salón
con cien mil ventanas.
Llegué a Viena, busqué
por los rincones de la ciudad, por sus esquinas más afiladas, entre los
palacios de año nuevo.
Solo encontré mi
piano entre mis brazos, empapado en coñac.
El dinero
escaseaba, fluía rápido por mis venas. En Madrid no había nada que hacer,
quizás un poco de sexo, muchas veces mercenario.
Me contrataron,
sin mucha dificultad – seguro que por mi aspecto-, en una oficina de detectives.
La vida de un
detective era interesante, eso pensaba leyendo los casos de Pepe Carvalho o Sam
Spade en el Halcón Maltés, pero los casos más importantes eran de aburridas e
imponentes damas, que nos contrataban para justificar sus propias aventuras al
conocer que sus maridos tenían amantes, situación que ellas sabían, pero por
habladurías de amigas o enemigas, estas la mayoría de las veces. Querían la
evidencia para ellas sentirse también libres.
Como Cirlot en
Nebiros pensé: Tengo que salir de aquí. Del cajón de la mesa saqué mi antigua
libreta de notas solo seguía escrito el comienzo de aquella historia no había
nada más.
Alquilé un local
y me instalé por mi cuenta. Por la noche después de poner una placa en la
puerta de entrada (Israel Zimmermann - Investigador), compré una botella de
champagne y brindé a solas.
Era la profesión
perfecta para alguien que le gusta merodear por las calles cuando el silencio
se recoge para no ser oído, visitar lugares donde no es fácil caminar solo, sin
rumbo, donde eres sospechoso y no tienes pinta de inocente.
Uno de esos lugares
era un mercado de libros, tomé uno al azar, con la sensación de que aquel lugar
me observaba, un lugar miserable, todo era miserable, hasta el atardecer era
miserable.
Caminaba mecánicamente
entre bares llenos de prostitutas
Una mañana llegó
un hombre para que investigara a una mujer con la que llevó una relación de
trabajo durante ocho años. La tuvo que despedir porque cada vez cumplía menos
con sus obligaciones. Según su versión esta mujer tenía algo que le pertenecía
y que podía implicarle en un asunto grave.
Estrelló la foto
de la mujer sobre la mesa de forma violenta, era una foto muy usada, los bordes
estaban amarillentos del uso. En su reverso había escrito sus señas de
identidad.
Era un rostro
lleno de fracaso. Pensé al ver la foto
El trabajo no
parecía muy difícil encontrar a la mujer y convencerla de que su situación no
era muy segura, ella, como yo, sabíamos quién era aquel hombre, era un
verdadero diablo, por lo que convenía dejar la situación tranquila y que
volviera a trabajar como siempre.
Un mañana la vi
salir del edificio con guantes de forense, no me gustaba la situación. La sigo
en su paso rápido, decidido.
Vi cómo llegó, como
se acercó a aquel hombre, con odio, con ganas de venganza, de que sintiera su
soledad. El lugar era conocido por los dos, el hombre la esperaba recostado en
la puerta, una casa en las afueras, sin lujos, con lo esencial. La zona se
encontraba en una situación de abandono, diría que la utilizaban como un
refugio, olía a escombros, a restos de vigas con moscas.
Sobre la puerta y
casi caído había un letrero sucio. Intente leer: neeebiiiiross en ese momento
el letrero se desplomó. ¿Dónde había oído ese nombre? Era una palabra extraña
sin sentido.
Le aseguro que
detrás de los cristales se ven más cosas que solo la monótona lluvia, contesté
a la pregunta del oficial en el atestado: ¿Cómo pudo ver lo que pasaba desde
fuera de la vivienda?
Como testigo
asisto al juicio.
Seguía entera,
más elegante que cuando la vi por última vez, más guapa. Algo tenían sus ojos
podía sentir su sequedad, ya no le quedaban lágrimas.
Sin
arrepentimiento mantuvo la entereza, (con una hoz en la mano derecha subió al
estrado) y juró ante la biblia la verdad de su cansancio, la necesidad inútil
de su sacrificio.
¿Cómo fue? Dijo
el juez
Le gustaba
desnuda, sentirme, él también se encontraba desnudo pero su cabeza siempre dentro
de un pequeño saco de café, le agradaba verme como se lo hacía entre la malla
de arpillera. A veces teníamos juegos, pero yo ya estaba cansada, sobre todo de
los golpes que recibía si él no llegaba a correrse.
El juego aquella
vez era correrse dentro de mi mientras yo le apretaba su cuello antes de llegar
al punto de asfixia. Apreté hasta encontrar el dolor del grito, hasta que dejó
de moverse - dijo ella.
En la sala solo se
oía la voz amarga, el murmullo de la última gota de sangre de un costado
abierto.
Fue condenada a
veinte años de prisión, aquello supuso dejar de creer en el ser humano. La
violencia, la venganza, la brutalidad de quien la ejerce no tiene
contraposición con quien la recibe, seguía sintiendo aquella contradicción de
la infancia.
Esta navidad
cumplo cincuenta y cinco años, a primeros de año me jubilan. Después de todo
entré en la Policía, y no me fue mal. Este invierno llega lleno de recuerdos,
como la basura envuelta en bolsas de plástico. Como los geranios envueltos para
que no sufran los rigores del frío.
Sigo estando sentado
sobre una montaña de tubos de acero de entre cinco y seis metros de largo esperando
mi rescate.
Esta vez no hace
frío, el tiempo está cambiando, ¿será verdad eso del cambio climático?
Cleo, como otra
navidad, me invita a cenar en su restaurante, supo rehacer su vida.
Es nochebuena y en
mi ritual anual paseo por estos lugares donde la gente solitaria no es
recomendable, después camino hacia el restaurante.
Ella misma
prepara la cena.
Al final Cleo me
ofrece un regalo, abro el paquete, es un libro su título NEBIROS de Juan
Eduardo Cirlot. Reímos. Ella recibe mi regalo es una pequeña caja que contiene
un broche de oro, en forma de hoz.
Mientras cierro
la puerta, Cleo apaga las luces, el Whatsapp se llena de mensajes con bolsas de
color rojo.
Caminamos despacio, mirando al
suelo, comenzamos a contar los adoquines que pisábamos.
Pesaba su mano derecha, la
apretaba en un puño que cerraba con fuerza, me di cuenta muchas veces, pero
nunca dije nada.
Caminamos hasta el final de la
noche. (Gracias Celine)
¿Una nueva aventura? Quizás una nueva incertidumbre.
Uffff, bueno ya está dicho
No hay comentarios:
Publicar un comentario