lunes, 8 de junio de 2020

Apuntes para una historia







Breve historia de un encuentro
o
Apuntes para una historia más larga



Navidades de mil novecientos sesenta y cinco, una lluvia fina tropezaba contra el parabrisas de la Barreiros. Transportábamos un cargamento de varios cientos de tubos de acero. Mi compañero era mayor, tendría unos cuarenta años, estaba casado y ya era calvo. Se interesaba por mi vida no entendía que un estudiante de buena familia trabajara como repartidor, le sonreía, no sabía que contestarle para que me entendiera. Le llamaba la atención mi aspecto, el pelo por los hombros, botas camperas, zamarra militar de cuero comprada en el rastro, pantalones tejanos de la base americana de Torrejón y siempre con un libro o un cuaderno tomando notas, escribiendo.
¿Qué significa on the road? Preguntó. En el camino, contesté, es la historia de un tipo que narra cinco viajes por diversos lugares de estados unidos, narra sus aventuras, describe la gente que conoce, ya sabes, droga sexo y libertad.
Una buena vida contestó, seguro que no estaba casado, ni tenía hijos, ni familia.
De pronto un frenazo seco, sobre la calzada un hombre tendido en el suelo. El lugar no era de los que entran en los recorridos turísticos. bajamos para interesarnos, llevaba en la mano un papel sucio donde guardaba un polvo blanco, mi compañero miró arriba y abajo a derecha e izquierda, vámonos dijo
¿Qué haría el tipo de la novela en este caso? Lo que vamos a hacer huir lo más rápido posible, ah supongo que el polvo blanco también se lo llevaría.
Salimos disparados -estaba muerto, sabes -, pues corre más En la huida un ruido de doscientos tubos de acero de cinco metros de largo se vertía sobre el asfalto cortando la circulación.
¡Venga apartar esa chatarra!
¡Chaval date prisa!

Sentado sobre los tubos abandonados fumaba, mis ojos penetraban en el humo de los cigarrillos, pensaba o me deje llevar por la imaginación. El tiempo pasaba pensando que mi compañero no tardaría en traer ayuda, la lluvia comenzaba a ser aguanieve.
Sentía frío, pero me encontraba sereno, me venían ideas, historias donde ser protagonista de alguna aventura, mi imaginación volaba a los espacios conquistados por tantos robinsones perdidos en los mares del sur, abrumado por una naturaleza hostil.
Recordé algo escrito en la pared del metro: huid con rumbo a un atolón prohibido.

Me dio tiempo a inspeccionar, el lugar era de cables no empotrados, donde la luz se engancha sin toma de tierra, donde se amontona el sol sobre deshechos de pisos (cocinas, lavabos, váteres, azulejos, grifería) entre muros a medio caer, ruinas, colgajos de hormigón, adornos de la realidad donde se dibujaban signos entre cabezas de animales.
Una banda de gitanillos comenzó a subirse a los tubos, algunos querían agarrar alguno y llevárselo, menos mal que pesaban bastante, otros solo querían jugar, les dejaba solo por ver como se resbalaban por la grasa que llevaba el metal. Hasta que de pronto salieron, de no sé dónde, cinco tipos mal encarados, sacados de alguna novela negra, solo había leído algunas de un tal Montalbán, tipos suburbiales de algún casco viejo de Barcelona.
Tuve miedo, pero os confieso que es la emoción más intensa que existe.

El alboroto de la chiquillería hizo que viniera un guardia para ver qué pasaba, le conté la historia, tranquilo- me dijo, ahora hablo con alguien de la zona y no tendrás problemas.
Calles a medio asfaltar, caminos de tierra que se adentraban si saber a dónde, senderos sin gloria que se alargan, que avanzan entre cardos y espigas rechazadas en la última cosecha. Entre límites que se elevan, que se hunden entre el espejismo de tierras vaciadas.
Territorios donde crece el maíz entre derribos y desahucios.
Sentado sobre los tubos sentía el viento frío, los párpados se negaban a abrirse.
Anochecía entre las hogueras de bidones de Cepsa, se amontonaban muchachas dorándose en la noche.
(Que extraño mundo de cenizas sobre el barro de la nieve negra). Pensé

Dos faros avanzaban por una pequeña loma, se acercaban por un camino de piedras, al fin venían a rescatarme. Mientras cargaban la mercancía me permitieron que me acercara al calor de las hogueras. Tiritaba, el conductor sacó una botella de coñac y me la ofreció, llévala a la hoguera, te lo agradecerán.
En una de ellas dos individuos bromeaban quemando un lagarto, una rata y una culebra. Aquellos chirridos y todo este día marcaron mi territorio.
Comprendí la nada, la plenitud de esa gente por no tener ninguna cosa, y que nada puede cambiar sus vidas.

Agarré mi libreta como si fuera un clavo ardiendo, comencé a escribir la idea de una historia: en algunos lugares se sabe que alguien como nosotros come carne humana de niños pequeños con regularidad para no morir de hambre. Será el comienzo de la historia, ya veremos cómo acaba.

Quedaba poco tiempo para la cena, llegaría tarde y no sabía que decir para justificar la tardanza. No me agradaba contar la verdad.
Se estropeo la furgo por la Ventilla y tuvimos que esperar a que viniera una grúa, fue lo único que dije.
Antes de acabar la comida y poco después de los postres nos intercambiamos los regalos. Mi padre me regaló en cuatro tomos las obras completas de un tal Borges y mi madre una estupenda cámara fotográfica con distintos objetivos, la regalé una estilográfica, me costó un ojo de la cara, para que siguiera con su diario y a mi padre un sextante para su colección que adquirí a un viejo anticuario del rastro, el mismo día que compré mi vieja zamarra militar, con este regalo me quedé ciego y no sé cuándo podría echar un vistazo a Borges, 

Con dieciocho años quise ser poeta no fue difícil por un tiempo, aparte de escribir también añoraba poder cantar, no tenía una gran voz, frecuentaba viejos garitos con olor a humedad, no pedían muchas explicaciones, pero cuando se apagaban los focos, y solo se iluminaba el teclado, mi cerveza, me daba por satisfecho.
Conocí a mucha gente, una noche apareció un poeta jerezano, famoso que no conocía por aquella época, rondaba los setenta años, pasé con él una temporada, casi diecinueve días con sus quinientas noches, me enseño todo su manual de infracciones.

Leyendo a Lorca supe que en Viena hay diez muchachas, que en un hombro solloza la muerte en un bosque de palomas disecadas. Que, en un fragmento de la mañana, hay un salón con cien mil ventanas.
Llegué a Viena, busqué por los rincones de la ciudad, por sus esquinas más afiladas, entre los palacios de año nuevo.
Solo encontré mi piano entre mis brazos, empapado en coñac.

El dinero escaseaba, fluía rápido por mis venas. En Madrid no había nada que hacer, quizás un poco de sexo, muchas veces mercenario.
Me contrataron, sin mucha dificultad – seguro que por mi aspecto-, en una oficina de detectives.
La vida de un detective era interesante, eso pensaba leyendo los casos de Pepe Carvalho o Sam Spade en el Halcón Maltés, pero los casos más importantes eran de aburridas e imponentes damas, que nos contrataban para justificar sus propias aventuras al conocer que sus maridos tenían amantes, situación que ellas sabían, pero por habladurías de amigas o enemigas, estas la mayoría de las veces. Querían la evidencia para ellas sentirse también libres.

Como Cirlot en Nebiros pensé: Tengo que salir de aquí. Del cajón de la mesa saqué mi antigua libreta de notas solo seguía escrito el comienzo de aquella historia no había nada más.

Alquilé un local y me instalé por mi cuenta. Por la noche después de poner una placa en la puerta de entrada (Israel Zimmermann - Investigador), compré una botella de champagne y brindé a solas.
Era la profesión perfecta para alguien que le gusta merodear por las calles cuando el silencio se recoge para no ser oído, visitar lugares donde no es fácil caminar solo, sin rumbo, donde eres sospechoso y no tienes pinta de inocente.
Uno de esos lugares era un mercado de libros, tomé uno al azar, con la sensación de que aquel lugar me observaba, un lugar miserable, todo era miserable, hasta el atardecer era miserable.
Caminaba mecánicamente entre bares llenos de prostitutas

Una mañana llegó un hombre para que investigara a una mujer con la que llevó una relación de trabajo durante ocho años. La tuvo que despedir porque cada vez cumplía menos con sus obligaciones. Según su versión esta mujer tenía algo que le pertenecía y que podía implicarle en un asunto grave.
Estrelló la foto de la mujer sobre la mesa de forma violenta, era una foto muy usada, los bordes estaban amarillentos del uso. En su reverso había escrito sus señas de identidad.
Era un rostro lleno de fracaso. Pensé al ver la foto

El trabajo no parecía muy difícil encontrar a la mujer y convencerla de que su situación no era muy segura, ella, como yo, sabíamos quién era aquel hombre, era un verdadero diablo, por lo que convenía dejar la situación tranquila y que volviera a trabajar como siempre.

Un mañana la vi salir del edificio con guantes de forense, no me gustaba la situación. La sigo en su paso rápido, decidido.

Vi cómo llegó, como se acercó a aquel hombre, con odio, con ganas de venganza, de que sintiera su soledad. El lugar era conocido por los dos, el hombre la esperaba recostado en la puerta, una casa en las afueras, sin lujos, con lo esencial. La zona se encontraba en una situación de abandono, diría que la utilizaban como un refugio, olía a escombros, a restos de vigas con moscas.
Sobre la puerta y casi caído había un letrero sucio. Intente leer: neeebiiiiross en ese momento el letrero se desplomó. ¿Dónde había oído ese nombre? Era una palabra extraña sin sentido.

Le aseguro que detrás de los cristales se ven más cosas que solo la monótona lluvia, contesté a la pregunta del oficial en el atestado: ¿Cómo pudo ver lo que pasaba desde fuera de la vivienda?

Como testigo asisto al juicio.
Seguía entera, más elegante que cuando la vi por última vez, más guapa. Algo tenían sus ojos podía sentir su sequedad, ya no le quedaban lágrimas.
Sin arrepentimiento mantuvo la entereza, (con una hoz en la mano derecha subió al estrado) y juró ante la biblia la verdad de su cansancio, la necesidad inútil de su sacrificio.

¿Cómo fue? Dijo el juez
Le gustaba desnuda, sentirme, él también se encontraba desnudo pero su cabeza siempre dentro de un pequeño saco de café, le agradaba verme como se lo hacía entre la malla de arpillera. A veces teníamos juegos, pero yo ya estaba cansada, sobre todo de los golpes que recibía si él no llegaba a correrse.
El juego aquella vez era correrse dentro de mi mientras yo le apretaba su cuello antes de llegar al punto de asfixia. Apreté hasta encontrar el dolor del grito, hasta que dejó de moverse - dijo ella.

En la sala solo se oía la voz amarga, el murmullo de la última gota de sangre de un costado abierto.

Fue condenada a veinte años de prisión, aquello supuso dejar de creer en el ser humano. La violencia, la venganza, la brutalidad de quien la ejerce no tiene contraposición con quien la recibe, seguía sintiendo aquella contradicción de la infancia.

Esta navidad cumplo cincuenta y cinco años, a primeros de año me jubilan. Después de todo entré en la Policía, y no me fue mal. Este invierno llega lleno de recuerdos, como la basura envuelta en bolsas de plástico. Como los geranios envueltos para que no sufran los rigores del frío.
Sigo estando sentado sobre una montaña de tubos de acero de entre cinco y seis metros de largo esperando mi rescate.
Esta vez no hace frío, el tiempo está cambiando, ¿será verdad eso del cambio climático?  

Cleo, como otra navidad, me invita a cenar en su restaurante, supo rehacer su vida.
Es nochebuena y en mi ritual anual paseo por estos lugares donde la gente solitaria no es recomendable, después camino hacia el restaurante.
Ella misma prepara la cena.
Al final Cleo me ofrece un regalo, abro el paquete, es un libro su título NEBIROS de Juan Eduardo Cirlot. Reímos. Ella recibe mi regalo es una pequeña caja que contiene un broche de oro, en forma de hoz.

Mientras cierro la puerta, Cleo apaga las luces, el Whatsapp se llena de mensajes con bolsas de color rojo.

     Caminamos despacio, mirando al suelo, comenzamos a contar los adoquines que pisábamos.
     Pesaba su mano derecha, la apretaba en un puño que cerraba con fuerza, me di cuenta muchas veces, pero nunca dije nada.
     
      Caminamos hasta el final de la noche. (Gracias Celine)
      ¿Una nueva aventura?  Quizás una nueva incertidumbre. 
       
     Uffff,  bueno ya está dicho




       



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