El factor Cervantes
Hola Jorge
Espero que tú y tu familia sigan bien.
Yo estoy Ok, más adaptado a esta anormalidad tildada de “nueva” donde mi vida
no ha cambiado mucho. Salgo a caminar en los horarios de "vejetes" y
aprovecho para tomar un cortado en la mañana o una merienda en la tarde.
No siento necesidad de actividades estrafalarias. Afortunadamente estoy más
productivo lo que no significa que escriba mejores textos. Al contrario, temo
ir perdiendo algo de espontaneidad aunque estuviera plagada de errores.
Me divirtieron las casualidades que se
dan a consecuencia de lo reducido de mi “paisito”. En una corta columna del
conocido y admirado Enrique Vila-Matas
(no dejes de leer su "Historia portátil de la Literatura") en El País
que llama “El factor Montevideo”, me dio pie para reflexionar otra vez sobre
eso que tú llamas la “incestuosidad montevideana”. En menos de un folio menciona
a una serie de personajes y lugares con los que –excepto por Lautréamont- he tenido una relación más
o menos cercana. Cosas del paisito. Te cuento:
Empieza por decir que en Montevideo
se cruzó con la sobrina de Felisberto
Hernández, pianista-escritor a quien no conocí personalmente. Murió
en 1958 cuando yo recién me acercaba a la música profesional. Eso sí, conocí a
su viuda (una de tantas: ¡músico al fin y al cabo!) Amalia Nieto, reconocida
pintora, tengo fotos con ella de varios vernissages.
También Aldo -su nieto político por parte de Amalia- es pianista y de mi
amistad. Luego pone a Onetti; ya
sabes lo de su posterior hábito de quedarse tumbado en cama; me pesa que la
primera vez fuera a raíz de unas fotos que le tomé. Menciona a Idea Vilariño, la amante devota de Juan.
No tuve contacto con ella pero sí con su hermano Numen, músico como todos los Vilariño: Idea era violinista. Luego
viene Mario Levrero. Perla Domínguez,
su relación extramatrimonial, fue desde niña, la mejor amiga de Claudia, mi exmujer.
Venía por casa, una chica siempre brillante. Tuvo un hijo de él, Nicolás Varlotta -el apellido real de
Levrero- quien a su vez trabajó junto a mi hijo postizo Martín en temas
audiovisuales hasta no hace mucho tiempo. Más conexiones:
Habla del Hotel Cervantes donde tiene
lugar el cuento de Cortázar "La
puerta maldita". Lo escribió mientras se alojaba allí. La recepción que
describe en el cuento era tal cual; la recuerdo vívidamente incluso con la horrorosa
reproducción de la Venus de Milo. Lo visitaba seguido para entregar mercaderías
o hacer cobranzas cuando trabajaba en el almacén por mayor de mis tíos. La
empresa del Cervantes se llamaba Cetal S.A., nos compraba insumos de hostelería
a través de su gerente, el Sr. Mas. Pienso que huéspedes ilustres como Borges en 1954, Cortázar en 1956 y Bioy
Casares en 1962 -cuando escribió otro cuento situado en ese mismo hotel- se
hayan limpiado el culo con papel higiénico suministrado por el almacén de mis
tíos. Ja, ja, fíjate, ¡qué relación tan íntima! Años después, de 1984 a 2007
pasaba un par de veces a la semana por la puerta cuando iba a dar clases en el
Conservatorio Municipal de Montevideo a la vuelta del hotel. El cine Cervantes,
que figura en el cuento de Cortázar sin poner su nombre, cerró y se usó para
montar un taller de confecciones de ropa. Al quebrar Cetal S.A., el viejo hotel
se transformó en una pensión de mala muerte. Hace poco tiempo unos capitales
argentinos reformaron el edificio y vuelve a ser hotel, ahora con más estrellas
y llamado Esplendor. Hay más coincidencias:
Hacia el final del texto habla del poeta
Herrera y Reissig y su “Torre de los
panoramas”, un claustrofóbico cuartucho en la azotea de su casa de Reconquista
e Ituzaingó. Una única ventana al atardecer sobre el mar le daba “panorama”. A
una cuadra de allí establecí en 1969, junto a mi amigo del alma, Oscar Bonino,
el estudio fotográfico “Camera”.
Llegamos con el lema: "En la ciudad vieja con ideas nuevas"; más
adelante nos fuimos, callados y sin ideas.
Bueno, no te aburro más. Cuéntame de tus
cosas y el progreso de esa nueva novela. Es una lástima que ya no exista el
almacén de mis tíos pues si te trabas en su desarrollo parecería que limpiarse
el culo con su papel higiénico ayudaba a la literatura.
Abrazos digitales y saludos a tu mujer.
Mario, en la anormalidad de la "nueva”
normalidad
El texto deVila-Matas:
El factor Montevideo
(por Enrique Vila-Matas)
Cerca del Rex estuvo el Cervantes, el hotel donde Cortázar situó
su famoso cuento La puerta condenada. Le cambiaron el nombre y
ahora se llama Esplendor. Tras una breve incursión en él, pude averiguar que la
habitación del tremendo relato es la 106 y está siempre ocupada, eso al menos
dijeron los recepcionistas, quizás para darle más misterio al asunto.
Paseando, me acordé de El uruguayo, libro
escrito en francés por Copi y el único que he traducido en mi vida; una
experiencia juvenil muy instructiva, porque me parecía tan disparatado lo que
allí se relataba que creía que lo estaba traduciendo mal, pero en realidad sólo
estaba descubriendo la libertad al narrar: “Aquí tienen palabras para todo. Hay
una para decir me siento en mi lugar y ésta es precisamente el nombre de la
ciudad: Montevideo”.
Pronto empecé a tener la extraña sensación de estar en mi
lugar, y quizás por eso fui mirando sin demasiado asombro la arquitectura de la
ciudad, el llamado “estilo Montevideo”. La belleza de las plazas y calles —sólo
Nueva York la supera en edificios art decó— viene de la gran época de
prosperidad de principios del siglo pasado, la edad de oro uruguaya que
facilitó incluso que surgieran allí las primerísimas “vanguardias literarias”
de América Latina, con el poeta y falso morfinómano Julio Herrera y Reissig a
la cabeza.
En una de las sencillas casas de primera línea frente al
Río de la Plata, el joven Herrera y Reissig, genio y figura, creó en 1900 una
conjura de poetas, una banda de “detectives salvajes” que conspiraban en “La
Torre de los Panoramas”, un minúsculo cuarto en el terrado del edificio. Allí,
un cartel advertía jocosamente en la entrada: “Prohibido el paso a los
uruguayos”.
Ricardo Ramón me guio hasta la Torre, donde nada queda de
los viejos tumultos, pero a la vez todo está allí, diría que perfectamente
ausente. A cuatro pasos, el rascacielos Salvo, monumental edificio art decó
inspirado en la Divina Comedia, también parece deshabitado.
Pasan montevideanos. Son personas muy amables, no
contaminadas del histerismo moderno, reñidas enigmáticamente con el malhumor.
Sonríen, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En la ciudad el ritmo es
sabio y antiguo, lo cual es maravilloso. Las casas, el puerto, las calles, las
playas, emiten signos de una calma rara que nos lleva a sentir que en verdad
hemos llegado a nuestro lugar.
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