martes, 9 de junio de 2020

El factor Cervantes. Ejercicio Nº 19 c/texto de Vila-Matas



El factor Cervantes

Hola Jorge
Espero que tú y tu familia sigan bien. Yo estoy Ok, más adaptado a esta anormalidad tildada de “nueva” donde mi vida no ha cambiado mucho. Salgo a caminar en los horarios de "vejetes" y aprovecho para tomar un cortado en la mañana o una merienda en la tarde. No siento necesidad de actividades estrafalarias. Afortunadamente estoy más productivo lo que no significa que escriba mejores textos. Al contrario, temo ir perdiendo algo de espontaneidad aunque estuviera plagada de errores.

Me divirtieron las casualidades que se dan a consecuencia de lo reducido de mi “paisito”. En una corta columna del conocido y admirado Enrique Vila-Matas (no dejes de leer su "Historia portátil de la Literatura") en El País que llama “El factor Montevideo”, me dio pie para reflexionar otra vez sobre eso que tú llamas la “incestuosidad montevideana”. En menos de un folio menciona a una serie de personajes y lugares con los que –excepto por Lautréamont- he tenido una relación más o menos cercana. Cosas del paisito. Te cuento:

Empieza por decir que en Montevideo se cruzó con la sobrina de Felisberto Hernández, pianista-escritor a quien no conocí personalmente. Murió en 1958 cuando yo recién me acercaba a la música profesional. Eso sí, conocí a su viuda (una de tantas: ¡músico al fin y al cabo!) Amalia Nieto, reconocida pintora, tengo fotos con ella de varios vernissages. También Aldo -su nieto político por parte de Amalia- es pianista y de mi amistad. Luego pone a Onetti; ya sabes lo de su posterior hábito de quedarse tumbado en cama; me pesa que la primera vez fuera a raíz de unas fotos que le tomé. Menciona a Idea Vilariño, la amante devota de Juan. No tuve contacto con ella pero sí con su hermano Numen, músico como todos los Vilariño: Idea era violinista. Luego viene Mario Levrero. Perla Domínguez, su relación extramatrimonial, fue desde niña, la mejor amiga de Claudia, mi exmujer. Venía por casa, una chica siempre brillante. Tuvo un hijo de él, Nicolás Varlotta -el apellido real de Levrero- quien a su vez trabajó junto a mi hijo postizo Martín en temas audiovisuales hasta no hace mucho tiempo. Más conexiones:

Habla del Hotel Cervantes donde tiene lugar el cuento de Cortázar "La puerta maldita". Lo escribió mientras se alojaba allí. La recepción que describe en el cuento era tal cual; la recuerdo vívidamente incluso con la horrorosa reproducción de la Venus de Milo. Lo visitaba seguido para entregar mercaderías o hacer cobranzas cuando trabajaba en el almacén por mayor de mis tíos. La empresa del Cervantes se llamaba Cetal S.A., nos compraba insumos de hostelería a través de su gerente, el Sr. Mas. Pienso que huéspedes ilustres como Borges en 1954, Cortázar en 1956 y Bioy Casares en 1962 -cuando escribió otro cuento situado en ese mismo hotel- se hayan limpiado el culo con papel higiénico suministrado por el almacén de mis tíos. Ja, ja, fíjate, ¡qué relación tan íntima! Años después, de 1984 a 2007 pasaba un par de veces a la semana por la puerta cuando iba a dar clases en el Conservatorio Municipal de Montevideo a la vuelta del hotel. El cine Cervantes, que figura en el cuento de Cortázar sin poner su nombre, cerró y se usó para montar un taller de confecciones de ropa. Al quebrar Cetal S.A., el viejo hotel se transformó en una pensión de mala muerte. Hace poco tiempo unos capitales argentinos reformaron el edificio y vuelve a ser hotel, ahora con más estrellas y llamado Esplendor. Hay más coincidencias:

Hacia el final del texto habla del poeta Herrera y Reissig y su “Torre de los panoramas”, un claustrofóbico cuartucho en la azotea de su casa de Reconquista e Ituzaingó. Una única ventana al atardecer sobre el mar le daba “panorama”. A una cuadra de allí establecí en 1969, junto a mi amigo del alma, Oscar Bonino, el estudio fotográfico “Camera”. Llegamos con el lema: "En la ciudad vieja con ideas nuevas"; más adelante nos fuimos, callados y sin ideas.

Bueno, no te aburro más. Cuéntame de tus cosas y el progreso de esa nueva novela. Es una lástima que ya no exista el almacén de mis tíos pues si te trabas en su desarrollo parecería que limpiarse el culo con su papel higiénico ayudaba a la literatura.  

Abrazos digitales y saludos a tu mujer.

Mario, en la anormalidad de la "nueva” normalidad 


El texto deVila-Matas:
El factor Montevideo (por Enrique Vila-Matas)

 En Montevideo me crucé con la sobrina de Felisberto Hernández. Como dos días antes, en el bonaerense barrio de Palermo, a dos pasos de la seductora librería Crack Up, había saludado a la sobrina de Gombrowicz, pensé que había entrado en una racha de sobrinas y que luego vendrían las de Onetti, Idea Vilariño, Levrero, Lautréamont, y así hasta la intemerata. Pero la racha se apagó enseguida, terminó en Felisberto, aquel pianista que jugaba a no terminar sus geniales cuentos y que vivió en Montevideo en un piso encima del cine Rex sin saber que su nueva esposa era espía y por la noche, en lugar de trabajar de modista, transmitía “secretos nucleares” a Moscú.

Cerca del Rex estuvo el Cervantes, el hotel donde Cortázar situó su famoso cuento La puerta condenada. Le cambiaron el nombre y ahora se llama Esplendor. Tras una breve incursión en él, pude averiguar que la habitación del tremendo relato es la 106 y está siempre ocupada, eso al menos dijeron los recepcionistas, quizás para darle más misterio al asunto.
Paseando, me acordé de El uruguayo, libro escrito en francés por Copi y el único que he traducido en mi vida; una experiencia juvenil muy instructiva, porque me parecía tan disparatado lo que allí se relataba que creía que lo estaba traduciendo mal, pero en realidad sólo estaba descubriendo la libertad al narrar: “Aquí tienen palabras para todo. Hay una para decir me siento en mi lugar y ésta es precisamente el nombre de la ciudad: Montevideo”.
Pronto empecé a tener la extraña sensación de estar en mi lugar, y quizás por eso fui mirando sin demasiado asombro la arquitectura de la ciudad, el llamado “estilo Montevideo”. La belleza de las plazas y calles —sólo Nueva York la supera en edificios art decó— viene de la gran época de prosperidad de principios del siglo pasado, la edad de oro uruguaya que facilitó incluso que surgieran allí las primerísimas “vanguardias literarias” de América Latina, con el poeta y falso morfinómano Julio Herrera y Reissig a la cabeza.

En una de las sencillas casas de primera línea frente al Río de la Plata, el joven Herrera y Reissig, genio y figura, creó en 1900 una conjura de poetas, una banda de “detectives salvajes” que conspiraban en “La Torre de los Panoramas”, un minúsculo cuarto en el terrado del edificio. Allí, un cartel advertía jocosamente en la entrada: “Prohibido el paso a los uruguayos”.
Ricardo Ramón me guio hasta la Torre, donde nada queda de los viejos tumultos, pero a la vez todo está allí, diría que perfectamente ausente. A cuatro pasos, el rascacielos Salvo, monumental edificio art decó inspirado en la Divina Comedia, también parece deshabitado.

Pasan montevideanos. Son personas muy amables, no contaminadas del histerismo moderno, reñidas enigmáticamente con el malhumor. Sonríen, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En la ciudad el ritmo es sabio y antiguo, lo cual es maravilloso. Las casas, el puerto, las calles, las playas, emiten signos de una calma rara que nos lleva a sentir que en verdad hemos llegado a nuestro lugar.

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