martes, 9 de junio de 2020

El factor Bioy Casares - Ejercicio Nº19 c/texto de Vila-Matas



El factor Bioy Casares

Estoy en La Biela, café, bar, confitería y restaurante en La Recoleta de Buenos Aires. Un salón enorme sin aire acondicionado. Hay ventiladores de techo y ventanas abiertas. Los parroquianos habituales no desentonan con las esculturas sentadas de Borges y Bioy Casares, sea por su edad o su actitud. Estoy sin corbata, soy el único con chaqueta, uno de mis sempiternos blazers. Afuera, en la enorme terraza exterior el promedio de edad baja, son casi todos turistas. Hay algunos aquí dentro también. No leen La Nación o Clarín. Algunos parroquianos sí lo hacen. Los turistas se sacan fotos junto a las estatuas sentadas de Borges y Bioy, seguro que nunca los leyeron. Pido una lágrima -suena a título de tango- que en Buenos Aires es un cortado al revés. El mesero que me atiende parece parte del mobiliario. Se me ocurre preguntarle si lleva muchos años trabajando allí. Casi 40, me explica que está pronto para la jubilación pero como la pensión es tan escasa seguirá de mozo mientras el cuerpo se lo permita.
--Entonces conoció a Bioy, le digo.  
--Claro, contesta con interés. Bioy venía todos los días a comer. Vivía a poco más de una manzana, sobre Posadas. Borges lo visitaba de vez en cuando, se sentaba a su mesa para tomar café y charlar.   

Bioy, el amigo incontestable de Borges, el compañero de mesa en el café La Biela, el enamorado de Punta del Este, el infiel pero consecuente esposo de Silvina Ocampo, sigue sin llegar. Borges se refirió a él con cierta ironía secreta: “cuando más tarde llegue más seguro es que vendrá”. Plantea Vila-Matas: “¿…es una broma infinita que [a] … Bioy siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra?”. Bioy señalaba que sus escritos tenían el sentido de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre” […] “Cuando soy feliz escribo novelas”. Por sobre todas las cosas gustaba aplicar en los textos su elegante sentido del humor, su denuncia del lado absurdo del mundo. Agrega Vila-Matas “su idea de que el humorismo es la más alta forma de cortesía”. Agrego a mi vez: sin la alegría, en su caso del humor y el absurdo, no hay vida.

Entonces me pregunto ¿cuántos han leído a Bioy realmente? ¿Cuántos han vagado por esa isla inasible que es La invención de Morel? Luego de 45 minutos en La Biela, en esta mañana de temprano verano porteño, un diciembre sin humedad, sin la pesadez atmosférica que se da muchas veces por allí, veo entrar a alguien de traje y corbata. Usa ropa negra con pantalones tipo bombilla, botas tejanas y un sobrero Stetson. De su cuello cuelga una deslumbrante Canon EOS 5 con un lente propio del sexo de un equino. Otro turista. Entonces reflexiono:

¿Es que ya no da más el tiempo hombres de traje y corbata que sean escritores e intelectuales de valor universal?

Advertencia: algunos políticos quieren disimular su ineptitud vistiéndose así.



Bioy Casares, año 101 (por Enrique Vila-Matas)
El escritor creó un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante.

Le preguntaron un día a Adolfo Bioy Casares cuál era el sentido de su obra. Y él acusó el golpe (que diría un cronista de boxeo) y salió del paso alegando que tales aclaraciones no incumbían a un narrador. Pero por la noche volvió a la pregunta y se dijo que un posible sentido para sus escritos sería el de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre”.
Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles. “Cuando soy muy feliz escribo novelas”, declaró en cierta ocasión. Quizás Bioy, como dice Rodrigo Fresán, es más completo que Borges, pues en él hay una felicidad que no se halla en su gran amigo. Es una alegría que sólo conocen las mentes que, con la ayuda del tiempo, saben transformar la ira, el rencor o la angustia en humorismo. Aunque a veces ese humorismo en Bioy es el causante de no siempre comunicar el encanto de las cosas, porque su afán de lucidez le lleva a descubrir el lado absurdo del mundo, y el afán de veracidad le impide silenciarlo.
Le gustaba citar el caso de Svevo que, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. En esta anécdota solía condensar su idea de que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Pero tanto el humorismo como “el encanto de las cosas” iban a borrarse la última vez que Borges le llamó desde Ginebra. Bioy le dijo que estaba deseando verle y abrazarle y Borges, con una voz extraña, le contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Días después, Bioy supo que se había producido un equívoco: Borges estaba llorando, había llamado para despedirse.
En sus textos más admirables el centro secreto lo construye un equívoco. Eso sucede en El sueño de los héroes, en el cuento En memoria de Paulina, en la elegancia de Una magia modesta, en La aventura de un fotógrafo en La Plata, en ese genial pero todavía increíblemente poco valorado libro que es Borges, en el muy contemporáneo La invención de Morel. Inventor de tramas que profundizan en la ambigüedad de la realidad, Bioy creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante. Y ese centro oculto es precisamente el que hoy le distancia de los clásicos del “género fantástico” y le hace tan vigente y actual.
¿También es una broma infinita que, situados ya más allá del centenario de Bioy, siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra? ¿Llegaremos a ver cómo finalmente se produce este acto de absoluta justicia literaria?
Impacientes en una reunión porque Bioy no llegaba a tiempo, Borges les dijo a los nerviosos: “Hay dos cosas seguras: una que Adolfo llegará; otra, que llegará tarde. Cuanto más tarde sea, más segura es su llegada; si llegara ahora, quizá no llegue”.
Es probable que siga por mucho tiempo sin llegarle a Bioy el reconocimiento que merece su inmodesta magia elegante. Pero uno también adivina que, cuanto más tarde llegue, más segura será su llegada.

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