El factor
Bioy Casares
Estoy en La Biela, café, bar, confitería y restaurante en La
Recoleta de Buenos Aires. Un salón enorme sin aire acondicionado. Hay
ventiladores de techo y ventanas abiertas. Los parroquianos habituales no
desentonan con las esculturas sentadas de Borges y Bioy Casares, sea por su
edad o su actitud. Estoy sin corbata, soy el único con chaqueta, uno de mis
sempiternos blazers. Afuera, en la enorme terraza exterior el promedio de edad
baja, son casi todos turistas. Hay algunos aquí dentro también. No leen La
Nación o Clarín. Algunos parroquianos sí lo hacen. Los turistas se sacan fotos
junto a las estatuas sentadas de Borges y Bioy, seguro que nunca los leyeron. Pido
una lágrima -suena a título de tango- que en Buenos Aires es un cortado al
revés. El mesero que me atiende parece parte del mobiliario. Se me ocurre
preguntarle si lleva muchos años trabajando allí. Casi 40, me explica que está
pronto para la jubilación pero como la pensión es tan escasa seguirá de mozo
mientras el cuerpo se lo permita.
--Entonces conoció a Bioy, le digo.
--Claro, contesta con interés. Bioy venía todos los días
a comer. Vivía a poco más de una manzana, sobre Posadas. Borges lo visitaba de
vez en cuando, se sentaba a su mesa para tomar café y charlar.
Bioy, el amigo incontestable de Borges, el compañero de
mesa en el café La Biela, el enamorado de Punta del Este, el infiel pero
consecuente esposo de Silvina Ocampo, sigue sin llegar. Borges se refirió a él
con cierta ironía secreta: “cuando más tarde llegue más seguro es que vendrá”.
Plantea Vila-Matas: “¿…es una broma infinita que [a] … Bioy siga sin llegarle
el pleno reconocimiento a su obra?”. Bioy señalaba que sus escritos tenían el
sentido de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a
querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de
abandonarla para siempre” […] “Cuando soy feliz escribo novelas”. Por sobre
todas las cosas gustaba aplicar en los textos su elegante sentido del humor, su
denuncia del lado absurdo del mundo. Agrega Vila-Matas “su idea de que el
humorismo es la más alta forma de cortesía”. Agrego a mi vez: sin la alegría, en
su caso del humor y el absurdo, no hay vida.
Entonces me pregunto ¿cuántos han leído a Bioy realmente?
¿Cuántos han vagado por esa isla inasible que es La invención de Morel? Luego de 45 minutos en La Biela, en esta
mañana de temprano verano porteño, un diciembre sin humedad, sin la pesadez
atmosférica que se da muchas veces por allí, veo entrar a alguien de traje y
corbata. Usa ropa negra con pantalones tipo bombilla, botas tejanas y un
sobrero Stetson. De su cuello cuelga una deslumbrante Canon EOS 5 con un lente
propio del sexo de un equino. Otro turista. Entonces reflexiono:
¿Es que ya no da más el tiempo hombres de traje y corbata
que sean escritores e intelectuales de valor universal?
Advertencia: algunos políticos quieren disimular su
ineptitud vistiéndose así.
Bioy Casares, año 101 (por
Enrique Vila-Matas)
El escritor creó un
lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante.
Le preguntaron un día
a Adolfo Bioy Casares cuál era el sentido de su obra. Y él acusó el golpe (que
diría un cronista de boxeo) y salió del paso alegando que tales aclaraciones no
incumbían a un narrador. Pero por la noche volvió a la pregunta y se dijo que
un posible sentido para sus escritos sería el de “comunicar al lector el
encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de
que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre”.
Al retornar a Bioy,
recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles. “Cuando
soy muy feliz escribo novelas”, declaró en cierta ocasión. Quizás Bioy, como
dice Rodrigo Fresán, es más completo que Borges, pues en él hay una felicidad
que no se halla en su gran amigo. Es una alegría que sólo conocen las mentes
que, con la ayuda del tiempo, saben transformar la ira, el rencor o la angustia
en humorismo. Aunque a veces ese humorismo en Bioy es el causante de no siempre
comunicar el encanto de las cosas, porque su afán de lucidez le lleva a
descubrir el lado absurdo del mundo, y el afán de veracidad le impide
silenciarlo.
Le gustaba citar el
caso de Svevo que, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se
lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. En esta anécdota solía condensar su
idea de que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Pero tanto el
humorismo como “el encanto de las cosas” iban a borrarse la última vez que
Borges le llamó desde Ginebra. Bioy le dijo que estaba deseando verle y
abrazarle y Borges, con una voz extraña, le contestó: “No voy a volver nunca
más”. La comunicación se cortó. Días después, Bioy supo que se había producido
un equívoco: Borges estaba llorando, había llamado para despedirse.
En sus textos más
admirables el centro secreto lo construye un equívoco. Eso sucede en El sueño de los héroes, en el cuento En memoria de Paulina, en la elegancia de Una magia modesta, en La aventura de un fotógrafo en La Plata, en ese
genial pero todavía increíblemente poco valorado libro que es Borges, en el muy contemporáneo La invención de Morel. Inventor de tramas que
profundizan en la ambigüedad de la realidad, Bioy creó a un lector activo, muy
moderno, curtido en la sospecha constante. Y ese centro oculto es precisamente
el que hoy le distancia de los clásicos del “género fantástico” y le hace tan
vigente y actual.
¿También es una broma
infinita que, situados ya más allá del centenario de Bioy, siga sin llegarle el
pleno reconocimiento a su obra? ¿Llegaremos a ver cómo finalmente se produce
este acto de absoluta justicia literaria?
Impacientes en una
reunión porque Bioy no llegaba a tiempo, Borges les dijo a los nerviosos: “Hay
dos cosas seguras: una que Adolfo llegará; otra, que llegará tarde. Cuanto más
tarde sea, más segura es su llegada; si llegara ahora, quizá no llegue”.
Es probable que siga
por mucho tiempo sin llegarle a Bioy el reconocimiento que merece su inmodesta
magia elegante. Pero uno también adivina que, cuanto más tarde llegue, más
segura será su llegada.
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