sábado, 9 de noviembre de 2019

Propuesta 4: Donde pongo el ojo....


Donde pongo el ojo…

Abro un ojo y veo mi culo. ¡¿Mi culo?!. ¡¿Cómo es posible?!. No puede ser. Voy a cerrar el ojo y abrirlo de nuevo. Sí, eso será lo mejor.
Lo cierro, respiro hondo, cuento hasta diez y lentamente abro un ojo y después el otro. Y de nuevo, enfrente de mí, los dos mofletes de mi culo, como si de una gran risa se tratara. ¡¿Qué coño es esto?!. ¡¿Y dónde están mis manos?! Siento que se mueven pero no las localizo. Estoy empezando a hiperventilar. Veo una bolsa de papel y trato de llevarla a la boca pero, ¿¡dónde mierda está!?
No puede ser, esto es una broma pesada y ¡no tiene ni puta gracia!.
Está bien, tengo que tranquilizarme. Todo esto debe ser una alucinación provocada por el viaje. Pero no, mi culo sigue ahí. Debo haber hecho algo mal, aunque juraría que he seguido las instrucciones al pie de la letra. En estas cosas soy muy meticulosa y nunca dejo nada al azar. Quizás los cálculos….Sí, ha debido ser en el cálculo del arcoseno del ángulo de impacto.
Si ya me lo decía mi madre: ¡no entiendo cómo puedes ver la televisión y hacer los deberes a la vez!, así es imposible concentrarse. Y yo que nunca le hice caso, ni en eso ni en nada, pues así he acabado, pudiendo lamerme el culo. ¡Seré desgraciada!.
Yo solo quería viajar en el tiempo, encontrar a mi yo adolescente y darle unas pequeñas instrucciones. Y ahora, ¡qué cojones le voy a decir!,
-¡Hola yo!, que vengo del futuro para avisarte y prepararte para la vida.
Pero ¿qué vida?. Va a pensar que mejor se muere o me muero o qué se yo.
Esto tengo que solucionarlo. Sí, seguro que hay una manera de revertir el proceso. Solo tengo que encontrar mi mano derecha y localizar el botón de propulsión del teletransportador. Si no recuerdo mal, junto a la consola de lanzamiento hay una pequeña palanca para situaciones de emergencia. Pues esta es una, ¡y de las gordas!.
Me concentro, y trato de localizar mi dedo índice de la mano derecha. Boca abajo y con el culo enfrente no resulta tarea sencilla. Y la cosa se complica al tratar de moverlo hacia delante. Porque ¿dónde es adelante?. Tras tocarme varias veces la nariz parece que he acertado a darle a la dichosa palanca. Como si de una centrifugadora se tratara todo empieza a girar descontrolado a mi alrededor, desaparece y se funde a negro.
¿Qué hago?, ¿abro los ojos?. No, esta vez mejor me toco primero. Todo parece estar en su sitio. Respiro aliviada. Sí, ya puedo abrir los ojos.
-       ¡Aaaaaggghhhh! ¡Mamá hay un arañón en mi cuarto!.

Propuesta 3: Aurora


Estaba segura de tener sus alas bien guardadas. Miró a un lado y al otro de la calle. Apenas había tráfico a esa hora de la mañana. Podía cruzar tranquila. Ese día llevaba un abrigo de corte clásico abotonado hasta el cuello. Ella siempre había vestido con clase. Era una de esas mujeres que no necesitaba hacer nada para destacar del resto. Con paso firme cruzó hacia el parque.
Tantas veces de pequeña había corrido hasta la entrada mientras su madre le decía:
-¡Aurora, hija, no corras!, ¡no es propio de las señoritas!
Pero ella no entendía qué era eso de ser una señorita. A ella le gustaba correr y que las palomas levantaran el vuelo. Si hubiera podido volar, ella también habría extendido sus alas. Las imaginaba con plumas blancas y suaves. Alas grandes y poderosas capaces de llevarla a otros lugares.
Tantos años después, sus alas estaban plegadas y preparadas para que llegara el invierno y emprender el vuelo. Pero ese año como los 57 años anteriores, el invierno no llegaba.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Ejercicio 4: "Ni es cielo, ni es azul"

A ella le gustaba sorprenderme. Tenía una facilidad increíble para tocar esos botones inconscientes que hacen que saltes de la silla por miedo, enojo, incredulidad.
Aparecía en los momentos menos esperados, era inoportuna como sólo ella podía serlo. Un día, mientras estaba durmiendo, me agarró la pierna destapada desde debajo de la cama la muy condenada, sabiendo el miedo que me dan a mí los fantasmas. En otra ocasión le puso sal a la yerba del mate, habrá que ver con qué disgusto a la mañana siguiente me la pasé vomitando mientras ella se reía en un rincón del baño.
Buenos Aires en verano es caliente y húmedo como la ingle de Satanás. Era pleno diciembre y yo dormía con el aire acondicionado a tope para poder taparme, creo que me ha quedado la manía de cuando se es chiquito y parece que la sábana representa un fuerte al que no entran ladrones, mosquitos ni fantasmas. De pronto la luz me da en la cara como una cachetada, con lo que me molesta que me despierten con esa brusquedad, justo hoy.
- ¿Otra vez vos? ¿Qué querés que me despertás así?
- Hola (dijo alargando la “a” en tono burlón) ¿Me extrañaste?
- Y la verdad que no. Contesté sin dudas y con enojo mientras me enroscaba en las sábanas.
En la última visita que me hizo me dio unos números, que me dijo, serían los resultados de la lotería. Perdí casi seis meses y mucha plata jugando en todos los sorteos que se me cruzaban y no gané nunca ni un reintegro, no me salían los números ni a la cabeza ni a los diez. Yo creo que en el fondo ella si sabía el resultado de la lotería, no era posible que por azar no saliera ni uno de todos esos números. Lástima que lo que se premia no es errar a propósito, sino acertar por casualidad.
- Vengo específicamente a contarte cómo es el futuro, para que estés preparada. Una obviedad es que existen los viajes en el tiempo. El resto no te lo imaginás, no se lo imagina nadie.
- Pero ¿esta vez me vas a decir la verdad o es como cuando lo de la lotería?
Pregunté incorporándome en la cama, con los pelos revueltos y la boca pastosa de la mañana.
- Escuchame bien, tenemos que estar preparadas, no tengo mucho tiempo hoy porque es mi cumpleaños y me están esperando. Resulta que en el futuro no existen ni la literatura ni la filosofía.
- Pero, ¿qué pasó?
Dije abriendo los ojos como agujeros negros.
- Verás, en el futuro los tribunales y los jueces pertenecen a un ministerio que se hace llamar “De la Verdad y la Certeza”. Esos políticos/Jueces decretaron que la población tenía que instruirse en las cosas que fueran estrictamente ciertas, que el cielo es azul por ejemplo, es algo en lo que hay que dejar de creer porque ni es cielo, ni es azul, como dice el tango.
Las personas que se maquillan pueden ser condenadas por estafa. Ya no existe dios ni futuro: desde que se descubrió la proteína que es capaz de provocar selectivamente modificaciones en el ADN la gente casi no muere ni envejece. No pudieron borrar el sufrimiento, pero sí genéticamente perpetuarlo.
Los ministros de la verdad escribieron el “Catálogo de las Cosas Ciertas”: un librote de hojas finas y dos columnas por página, en las que se enumeran las cosas en las que dice la Buena Ciencia que se debe creer. La gente se reúne todas las tardes los lunes, miércoles y viernes para leer punto por punto una y otra vez lo que indica el Catálogo, más por miedo que por otra cosa.
La literatura quedó estrictamente prohibida, solamente se pueden leer libros sobre las verdades de la genética y la física. No hay tampoco libros de historia, porque se dieron cuenta que el pasado de los pueblos se parecía bastante a la ficción. Entonces para conocer de historia se publican compilados  jurídicos de cada época, llenos de hechos redactados como carta documento.
La poesía pasó a mejor vida por considerarse absolutamente inútil, no aporta nada a la sociedad conocer lo que evocan los atardeceres, ni lo que Alfonsina veía en el fondo del mar. En el mundo del futuro el arte está condenado a servir a la sociedad, no puede aspirar a cambiarla.
Los policías de las películas no pueden saltarse la ley para encarcelar al malo. A las parejas las arregla el estado según el perfil genético de cada uno, buscando la menor incidencia de enfermedades hereditarias.
El video juego más famoso se llama “Cómo ser un buen agente de aduanas”, consiste en acumular puntos descubriendo irregularidades de empaquetado en las cajas que llegan a los puertos.
La gente ya no baila porque están prohibidas las metáforas, se puede sin embargo hacer pesas, spinning y natación, para cultivar las habilidades que la Buena Ciencia cree que debe tener le cuerpo.
Hay en los bajos fondos, en las cloacas del futuro, un movimiento de rebeldes que sigue leyendo poemas y rechaza la inmortalidad, entre ellos estoy yo, es decir vos, usamos la ciencia de la verdad para construir una máquina del tiempo para poder nutrirnos de las mentiras del pasado.
- Pero no entiendo ¿A qué viene todo esto? ¿Qué se supone que tengo que hacer yo con lo que me estás diciendo? Pregunté sin dar crédito a lo que escuchaba.
- Lo mismo que hiciste con la lotería: jugar como si fuera cierto.
Después de recitar tremendo monólogo a toda velocidad y amparada por la impunidad de la duda desapareció por el mismo ropero por el que había llegado, yo todavía estaba en la cama, despeinada y con la boca pastosa de la mañana. Me levanté y en lugar de mate, me tomé un café.

lunes, 4 de noviembre de 2019

Ejercicio 3: Vacaciones en agosto


VACACIONES EN AGOSTO

Claudia, hace varios años que pretende disfrutar de sus vacaciones en el mes de agosto para coincidir con sus amigos, su deseo es casi una obsesión y finalmente lo ha conseguido.

¡Estoy de vacaciones!, es la expresión que sale de su boca cuando termina su jornada laboral el día 31 de julio, y ¡mañana comienza el mes de agosto!, añade.

Pero precisamente este año es diferente a los anteriores, no ha existido primavera, es más, durante los meses de junio y julio se ha recrudecido el invierno.

Los científicos todavía no han encontrado explicación a este fenómeno, que comenzó a estudiarse cuando, llegado el mes de abril, se produjo un brusco descenso de la temperatura que no remontó durante el mes de mayo.

La comunidad científica está desconcertada, las intervenciones en los diferentes canales de televisión se suceden sin que se pueda dar una respuesta a la nueva situación climatológica que se está produciendo, no aisladamente, sino a nivel mundial.

Claudia llega a su casa y lo primero que hace es conectar la televisión, ávida de noticias que le ayuden a organizar las vacaciones, ya que, dadas las condiciones climatológicas, tanto ella como sus amigos han aplazado la decisión con la esperanza de que el tiempo se restableciera, volviera a ser un agosto normal y les permitiera planificar unas actividades veraniegas.

Los informativos alertan de que se está aproximando una tormenta de nieve y aconsejan no salir de viaje y aprovisionarse de alimentos, bebidas y utensilios para soportar un aislamiento, dado que no es posible determinar la virulencia, consecuencias y duración de la tormenta.

A las 6 de la tarde el cielo está totalmente gris, el frio se ha intensificado, la calefacción no caldea lo suficiente y la casa de Claudia, ubicada en una urbanización a las afueras de la ciudad, se está quedando helada y ella lo único que puede pensar es, ¡con las ganas que tenia de vacaciones en agosto y se me van a estropear!, ¡esto no es posible!

¡No importa!, dice en voz alta, ¡hablaré con mis amigos y entre todos encontraremos la forma  de que todo sea magnifico! Y continúa sin asimilar, pese a las advertencias escuchadas, que está ocurriendo algo que no puede ser controlado y que supera en importancia al hecho de que se le estropeen las vacaciones.

Con tal determinación coge el teléfono móvil con la intención de contactar con sus amigos, pero el móvil no funciona, lo intenta con el fijo, pero no hay línea, su cuerpo se estremece, pero no de frío, sino de miedo. ¿Qué hago ahora?, se pregunta, y decide salir a la calle en busca de contacto humano.

Cuando abre la puerta, se da cuenta de que no puede salir, la nieve anunciada ha caído en tromba, alcanza hasta su cintura, y presa de un ataque de pánico se lanza sin ningún control a la calle y nota como se va hundiendo poco a poco, no puede avanzar y cuando cree que ha llegado el momento final de su vida escucha un fuerte ruido y piensa que algo se va a desplomar sobre su cabeza.

Sin poder evitarlo, abre los ojos y se da cuenta de que está sonando el despertador y ella está en su cama. Mira por la ventana y ve un día espléndido. Son las 7 de la mañana de un día de mayo, ya se nota la primavera, pero también es el día en el que, en el trabajo de Claudia, se deciden los turnos de vacaciones.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Ejercicio No.4: Conversación entre El Pete y Piper (editado) "Yo y yo"


Conversación entre El Pete y Piper

Los perros que mueren no van al cielo. No importa de que sean de mezclas inverosímiles o del más puro pedigree. Lo perros que mueren van a un gran prado verde, el “Prado Eterno”. Allí hay árboles para marcar territorio, pelotas para jugar, zapatillas para morder, trampas de arena para revolcarse, lagos con patos para señalar y setos de arbustos para esconder huesos. Los perros que mueren hablan como personas y solo de sus amos. En una mañana se encuentran en ese prado El Pete, una mezcla de todas las razas perrunas y Piper, un purísimo y hermoso Golden Retriever. Así fue lo que conversaron:

El Pete: --Mi amo era un niño de 8 años que iba a la escuela primaria cuando lo adopté. Crecí con él hasta que se hizo adolescente. Persiguiendo a una perrita en celo al cruzar una avenida no me percaté que venía un coche muy rápido y así llegué a este glorioso prado.

Piper: --Pues mira que como tu amo era también mi amo lo adopté ya hombre hecho y derecho. Me decía a cada momento que yo era lindo; bahh, no sé, estos humanos que se preocupan tanto por lo lindo o feo cuando lo que importa es comer y procrearse como manda el Gran Kahn. Viví mucho junto a él hasta que sentí el llamado del Prado Eterno.

--Tampoco entendí a mi amo aún con muchos menos años de cuando tú lo tuviste; siempre con esa preocupación por la belleza. Puedes creer que de niño leía pocas historietas y se pasaba horas mirando embobado láminas de obras de arte. Le gustaba leer también. Muchas veces se quedaba días y días hipnotizado leyendo libros de aventuras. Una vez le metí el hocico delante del libro para recordarle que tenía que sacarme a hacer mis necesidades (y de paso remarcar mi territorio cerca de la casa) a más de servirme la comida. Vi los autores que lo tenían tan apasionado: Salgari, Defoe, Dumas, Verne. Y mientras yo veía con envidia, a través de la verja, a otros amos paseando y jugando con sus perros. Como ordena el Gran Khan, yo igual lo acompañaba fielmente.

--No me digas que de chico ya andaba en eso. También de grande se le daba por leer igual o peor. Unos años después cuando ambos éramos más grandes fue el acabose: empezó a leer un libro a las 9 de la mañana o no paró ni para comer hasta que lo terminó a la tarde. Yo no podía aguantar más y le metí otra vez mi hocico para recordarle que tenía hambre y necesidades que hacer afuera. No me hizo caso, me dijo que le faltaba poco. Pude ver el título de lo qué leía: Brave New World, estaba en inglés pero nosotros entendemos cualquier idioma de los humanos. Este comportamiento es peor del que teníamos cuando olfateábamos una perrita en celo en las cercanías del barrio. No sé qué encuentran en las palabras de los libros que los vuelven así de maniáticos.

--Fíjate en las cosas que hemos tenido que soportar de nuestro amo pero es la Ley del Prado Eterno y por eso ahora disfrutamos plenamente de nuestra naturaleza perruna. A mí me contaba secretos que seguramente no lo hacía con ningún humano; siempre enamorándose de la chica tal o cuál, aquella de los ojos tan hermosos, del cabello bellamente rizado, de una encantadora piel como de durazno, de una voz celestial, de aquel cuerpo perfecto de Afrodita. Podía casi entenderle pero nunca que se quedara una hora mirando una lámina que no era más que un pedazo de piedra de una mujer mutilada; me dijo que le llamaban la Venus de Milo. ¿Te imaginas si nos sintiéramos atraídos por lo que quedara de una perrita a la que le acaba de pasar por encima un autobús? Igual le seguía la corriente porque era mi amo. Desde que lo adopté ya noté que se quedaba enmudecido y trastornado ante lo que él me decía: “¿Ves Pete? Esto es belleza pura”. Belleza, ese inútil atributo tan de humanos. Importante para él y a la vez tan innecesario.

--Ahh, los humanos y la belleza. No sé qué le encuentran. Quizá les produzca un efecto similar al que nos despierta una perra cuando está en celo. Pero lo de la belleza les llega siempre y entonces los que sufrimos somos nosotros que nos vemos abandonados y discriminados. ¿Cuántas veces buscan uno de los nuestros en base a que los perciben más bellos? Ni se preocupan de la fidelidad que es lo que nos manda el Gran Khan. Somos todos perros y para nosotros solo existen algunas restricciones debido al tamaño; aún así nos apañamos para sobrellevarlas. Oye, me voy a dar un chapuzón al lago y aprovecharé para correr algún pato. Me imagino que no es tu tipo de entretenimiento pero distendámonos un poco. Estos recuerdos me tensan. Y hablando de tensión imagínate cuando sobre mis últimos años lo difícil que la habré pasado cuando a mi amo se le dio por leer a Nietzche, Montaigne y Spinoza. Por suerte no se quedaba pegado a las letras todo el día como hacía antes; él también tenía que salir a pasear y tomar aire fresco en la plaza.

--Muy sabio consejo Piper; hay que aflojarse luego de esta charla. Yo también iré a ver cómo está mi territorio y escarbaré un poco en los setos. Como sabes, el Gran Kahn me dio habilidades para buscar roedores en sus cuevas; eso me distiende y me ayuda a olvidar cómo mi amo se ensimismaba mirando láminas de mujeres mutiladas, de tipos desgraciados clavados en cruces y otras atrocidades sin sentido. Digo yo, si no los van a comer, ¿por qué hacen todo eso? Para peor ante alguna lámina me decía: “mira Pete, esto es belleza pura”. Ayy estos humanos, ¿para qué querrán eso que llaman belleza?

P.S.: Agradezco con humildad al gran Cervantes, que con su Cipión y Berganza, protagonistas del coloquio de “Los perros de Mahudes”, me dio la idea de pasar el “yo” a dos de mis perros mientras conversan en lo que llamo el “Prado Eterno”.

Yo Atilio, 9 años, y yo Mario, 78 años.


Atilio: – Hola Mario, tú sabes de mí pero yo no sé de ti. Estoy en cuarto grado, mi maestra es Iris. Apuesto a que nunca olvidaste a Iris; la maestra que estaba enamorada de mí. Por eso me llamaba Atilio y no Mario. Y de vez en cuando me nombraba ante la clase “excelentísimo señor Navarro”. Sin dudas que se derretía por mí.

Mario: – Claro que sí; la divina Iris. Consciente o inconscientemente me marcó mucho.

Atilio: – Pero, ¿por qué?

Mario: – Ese loco enamoramiento que tú correspondiste con gusto concluyó con el curso de cuarto. Después volvieron las brujas, me corrijo, las maestras de siempre. No me había dado cuenta de nada de eso hasta unos años atrás. Con la perspectiva del tiempo pude vislumbrar ciertas capas de mi inconsciente profundo que ni imaginaba.

Atilio: - Sí, mi diosa viviente de nombre Iris. Su boca carnosa coronada por bellísimos ojos profundamente verdes. No puedo apartar mi vista de ellos. Seguro que recuerdas también este cabello castaño claro, bien ondulado de mujer -no de ángel- que contrasta con su piel tostada y sugestiva. Siempre derramando sonrisas hipnotizantes desde su boca amplia e insinuante. Ya te dije que me llama Atilio; una muestra de su inconmensurable amor hacia mí. Mis nueve añitos no son un impedimento para acercarme al éxtasis cuando usa esos rosados labios para demostrar cómo pronunciar de manera diferenciada una V labiodental y una B bilabial! 

Mario: - Tú, niño y tan sensible a la belleza; la inutilidad más necesaria que existe*. Debes saber que cuando llegué a los 24 años me casé con Atilia que tenía 20. Lucía tez morena y unos ojos gatunos verdísimos. Su cuerpo parecía una escultura griega. Usaba medias con raya detrás, igual que lo hacía Iris para delinear esas perfectas esculturas que eran sus piernas.

Atilio: - Muy interesante, cuéntame cómo fue tu vida entonces. ¿Pudiste establecer la fábrica de automóviles que ya llevo tiempo planificando?

Mario: - No, no fue posible. Ideas no me faltaron. Comencé a estudiar ingeniería industrial para ganar habilidades en lo que tanto deseaba hacer pero pronto, por un lado debido a mi propia naturaleza perezosa en aplicarme a aquello que no era especialmente de mi afición, y por otro, mi natural facilidad para ciertas artes terminaron llevándome hacia objetivos diferentes.

Atilio: - Qué sorpresa me das. Recuerdo que ya en primer grado, la vieja bruja de la maestra, (solo Iris no lo es) me retó por dibujar coches y camiones en lugar de delinear flores o la bandera del país.

Mario: - Así es; la vida nos lleva muchas veces por caminos que no coinciden con lo que queremos o creemos querer; son las circunstancias puntuales que al aparecer van marcando la ruta. Es como el viento; venga de donde venga debes adaptarte y tratar de sacarle provecho. No es lo mismo oponer un velero directamente a esa fuerza contraria que hacer bordadas a babor y estribor con las velas en el ángulo adecuado para poder avanzar. Lo mismo sucede en la vida. Hay que aprovechar todo lo que se nos aparece, sean brisas o huracanes; eso fue lo que me pasó, Atilio; pero nunca dejé de soñar. 

Atilio: - ¿Qué pasó luego?

Mario: - Seguro que recuerdas que a nuestra escuela venían chicos inmigrantes europeos. Sus familias regocijándose en la esperanza de América y también en el simple hecho de poder comer todos los días. Me vienen a la mente los alemanes como los padres de Robertito que ponían salchicherías, talleres mecánicos e incluso panaderías; italianos como los padres de Atilia que preferían la venta de verduras, la carpintería y la construcción; un buen grupo de españoles de Galicia, casi todos almaceneros y baristas; algún inglés trabajando para el ferrocarril o la fábrica de alpargatas; franceses que ponían restaurantes y más panaderías; la chica pied noir **, Simone cuya familia plantaba naranjas y, por sobre todo, Eva, la niña de Checoslovaquia cuyos padres tenían una pequeña fábrica de hilados. Los que no eran hispano-parlantes llegaban a hablar como nosotros a los pocos meses. ¿Te acuerdas lo de la comida? Nos repetían a cada momento, muy intrigados, por qué nunca terminábamos nuestros platos y tirábamos los restos. No nos dábamos cuenta de lo que era pasar hambre en términos literales y dramáticamente reales como lo habían sufrido ellos. Sabían lo que era; habían vivido la Europa devastada por la guerra junto a sus padres.

Atilio: - Ah, la rubia Eva. Es una niña exótica en la clase, parece salida de una película. Lleva una melenita a lo Heidi; tiene buena altura como todos los de aquellas tierras. Su piel, perfectamente blanca se tuesta de bronce ya desde fines de septiembre con nuestro sol del sur. Eso remarca unos bondadosos ojos celestes como el cielo. Eva es hermosa y diferente. Se empeña en llamarme excelentísimo señor Navarro parafraseando a la maestra Iris con sus erres guturales del acento checo. Pero nunca podrá estar a la altura de Iris: Iris es una semidiosa!

Mario: -Eva fue siempre una niña de gran tesón, como todos los hijos de inmigrantes. Siguió asistiendo al mismo instituto secundario que yo hasta el tercer año. Parecía, sabes, una más de nosotros, otra de entre los niños criollos; hasta jugaba fútbol con los varones. Me siguió llamando excelentísimo señor Navarro en el liceo hasta que desapareció al terminar ese tercer año. Como su familia no podía volver a Checoslovaquia me enteré de que viajaron a Brasil para instalarse en San Pablo. Muchos de los que llegaron con hambre comieron bien, se educaron estupendamente y cuando se sintieron fuertes volvieron a Europa pues ya se venía la gran recuperación de posguerra; eso sí, siempre y cuando estuvieran de este lado del telón de acero. A los niños criollos nos sirvió para ampliar nuestra cultura general con tradiciones diferentes y otra visión de la vida. Como esta lección: hay que comer todo lo que está en plato; nunca se sabe si mañana habrá otra vez. 

Atilio: - Pero, ¿qué tiene qué ver toda esta historia de los inmigrantes que vinieron al Uruguay después de la guerra? Estamos evocando a mi exquisita Iris y sus demostraciones de V labio-dentales que hace como lanzando besos; besos que indudablemente están dirigidos a mí. Eva, sí, sí, pienso en ella. Ahora está sentada en un banco más adelante. La veo de semiperfil, es muy linda. Es una niña que me agrada y sé que le caigo bien. Pero no es una semidiosa.

Mario: - Es que somos lo que recordamos o lo que nos recuerda***  La memoria no es verdad. La memoria nos sirve para interpretar la realidad y, sobre todo, construye esa realidad propia de acuerdo a nuestras emociones. Sin memoria no nos entenderíamos. A través de las ventanas que nos fabricamos con tantos recuerdos, estamos componiendo, estamos soñando, estamos creando realidades. La memoria sintetiza lo que eres o crees ser. Es como si dibujaras tu propia imagen de esas realidades; realidades que siguen siendo sueños. No me creerías si te cuento que cuando muchos años después visité San Pablo busqué su apellido, Kout en las guías telefónicas. Nunca me animé a llamar a ninguno de esos números.

Atilio: Uyyy, no, no, no! La vida en cuarto grado es más simple y más completa al mismo tiempo. Me dejo querer por Iris y le devuelvo ese amor con mis miradas de ternura. Me gusta Eva, claro que sí; me encanta oírla en su exótico acento checo cuando me llama “excelentísimo señogr Navagrro”.

Valencia, 3 de noviembre de 2019.

      * frase de Rosa Montero
     ** ”Pied Noir” son los franceses nacidos en Argelia colonial
  *** pensamiento de Francisco Umbral

sábado, 2 de noviembre de 2019

Propuesta 4

Os dejo el relato de Borges, El otro para el ejercicio de autoficción. Hay dos fechas de entrega: el 12 de noviembre, día que comentaremos también 700 millones de rinocerontes, o el 19 de noviembre.
Aquí está el enlace:

https://www.poeticous.com/borges/el-otro-3?locale=es

La popuesta era construir un texto en el que se encuentran dos yoes nuestros de diferentes edades.
¡Ánimo!

Recordad que el próximo día comentaremos los relatos que nos quedaron por ver.

Propuesta 3: Frio

FRÍO

Hace frío esta mañana. El cielo, encapotado en gris, amenaza con la promesa de lluvia. Le agradezco el gesto, pero nunca me ha gustado llorar en compañía. No hace falta, digo en voz alta. En ese momento suena un trueno lejano. Tiene razón, ¿Quién soy yo, al fin y al cabo, para decirle al mundo por quien tiene que llorar? Sopla una brisa suave que mueve las violetas recién plantadas en la tumba de Alicia. No es la temporada, pero le habrían gustado. Yo también la hecho de menos, digo al mundo. Parece que se siente tan perdido como yo sin ella. Hacía unas semanas, Alicia y yo habíamos salido a pasear por los campos que rodean nuestra casa para ver los primeros indicios de la primavera, que asomaban tímidos en las ramas desnudas de los arboles y en el suelo gris de las heladas. Alicia brincaba de un lado a otro, señalando cada pequeño brote de almendro y cada pequeña brizna de hierba, feliz. Esta era su época preferida del año. No la primavera en sí, sino su despertar, su nacimiento. Siempre parecía revivirla después de los meses fríos del invierno. Excepto este año, pienso mientras miro su tumba, colocada apenas un día atrás. Vuelvo a mirar al cielo.  Gris, en todos sus tonos. Miro los árboles sin hojas del cementerio y me doy cuenta de que no hay brotes verdes en sus ramas. La primavera ha muerto contigo Alicia, ¿Cómo va a nacer sin tu sonrisa para recibirla en este mundo? Hago el esfuerzo de  salir del cementerio cuando las nubes empiezan a derramar sus primeras lágrimas, como un favor por haberme dejado derramarlas a mí. Todos nos merecemos llorarla a solas. 

Hoy he llamado al fontanero para que revise la caldera de casa. Hace tres semanas del entierro de Alicia. La primavera llegó a los arboles una semana después, la vi aparecer desde las ventanas de nuestra pequeña casa vestida del rosa de los almendros, pero seguía haciendo mucho frío. No salía mucho de casa últimamente, no soportaba las miradas de pena de la gente del pueblo, ni los recuerdos sobre mi querida Alicia que por algún motivo tenían la necesidad de compartir conmigo. Como si yo no tuviera suficientes. Suspiro. Demasiados tenía. Cada uno de ellos como la dulce manzana envenenada de su cuento favorito. Pero el que moría al morderla no era yo, sino ella. Siempre moría ella. Claramente el termostato está estropeado, expliqué al técnico cuando vino a casa mientras me envolvía en mi batín azul por encima del jersey de lana, es imposible que hagan 24º. Vi como me miraba, extrañado, y como se paraba a pensar lo próximo que iba a decirme. Álvaro, hace mucho calor en esta casa, mírame, me he tenido que quitar hasta la camisa. En ese momento me di cuenta de la camiseta blanca de manga corta que se ajustaba a su enorme barriga. Otro gordo con sus calores, le dije. Poco más se habló antes de que se fuera. Todavía sigo sentado ante la ventana por la que le vi irse hace tres horas.

Cada vez hace más frío. La promesa de calor de los rayos del sol no llega a la fría tierra en la que vivo. Hace un mes que desistí en que me cambiaran la caldera. Llamé a diez fontaneros de los diferentes pueblos de alrededor, todos gordos barrigones inmunes al frío por sus innumerables capas de grasa protectora. Ninguno fue capaz de arreglar nada, que estaba bien decían, que no hacía frío, que los 27º del termostato no eran ningún error. Incluso uno se atrevió a llamarme loco cuando me puse una chaqueta más encima de los hombros. Locos ellos, y el resto del mundo. Desde entonces nunca salgo de nuestra finca, vivo rodeado de almendros verdes cargados de los frutos que maduran inexplicablemente con los días, a pesar del frío helado que persiste. Una chica muy amable me trae la compra una vez por semana. Era una gran amiga de Alicia, había venido cientos de veces a cenar en las noches tibias de mayo, mientras nos deleitábamos con el dulce aroma de las rosas en flor del jardín. Ahora era incapaz de recordar su nombre. ¿Qué importaba? Solo sabía de ella que me tenía la suficiente lástima como para no dejarme morir de hambre. Pero ella tampoco tenia ninguna solución para el frio que se había instalado en el mundo y no quería abandonarlo.

Ha llegado el solsticio de verano. El frío es peor que nunca. Recuerdo como le gustaba a Alicia las hogueras de San Juan, como bailaba alrededor del fuego con su vestido largo, y como siempre me extrañaba que las llamas no lo quemaran al rozarlo con sus dedos finos. Este año también he hecho una hoguera, pero no para bailar. Hace semanas que la calefacción ha dejado de proporcionar el mínimo calor que exhalaba antes y ahora tengo que ayudarla con un gran fuego de leña en la chimenea del salón. Hay un humo persistente en la casa. Sé que la madera recién cortada no es buena para encender una hoguera, pero hace unos días se me acabó la leña del invierno. Mejor así, ya no soportaba el verde esmeralda de las hojas de los almendros, que se burlaban de mi desde la ventana prometiendo un calor que no existía. El vaho de mi respiración se une a las incesantes espirales del humo en una danza incesante, como la de Alicia en la primera noche del verano.

Hace días que no dejo de tiritar. El frío me ha entumecido el cuerpo. Primero fueron los dedos de manos y pies. Poco a poco perdí sensibilidad, mientras un color azul violáceo se apoderaba del rosa de mis uñas, igual que el de las violetas de la tumba de Alicia. Después fue el resto del cuerpo. Por mucha ropa que me ponga, por mucha leña que queme, nada ahuyenta el frio que se ha apoderado de mis huesos. Hoy ha venido la amiga de Alicia a traerme la comida de la semana. Me ha visto las manos de violetas y los temblores que a penas me han dejado abrir la puerta y se ha asustado. Ha llamado al doctor del pueblo, que ha venido con urgencia, como si me pasara algo malo. No le he dejado entrar. Creo que todavía sigue fuera. Cuando llegó solo le hice una pregunta: ¿sabes cómo hacer que vuelva el verano? El hombre perplejo que intentó responder a la pregunta era evidente que no tenía la respuesta. Nadie la tenía. Ese año el verano había muerto con Alicia y no iba a venir. Todo había muerto con ella, aunque el resto del mundo se negara a verlo. Solo queda el frío.





El policía se desabrochó los primeros botones de su uniforme al entrar en la casa mientras notaba las gotas de sudor deslizarse por su espalda. Era un caluroso día de agosto, con un despejado cielo azul que solo podía conseguir un cálido viento de poniente. Pero dentro de la casa de Álvaro y Alicia hacían casi veinte grados más. Todos en el pueblo habían conocido a la pareja de los campos de almendros, cuando los dos vivían felices a las afueras del pueblo. Eso solo hizo más insoportable ver el cuerpo sin vida de Álvaro sentado todavía en su sillón, mirando sin ver más allá de los campos mutilados, en dirección al cementerio. Se giró a Miguel, el medico del pueblo que le había llamado, para dejar de mirar aquella escena.

-       ¿Como ha muerto?

Con gran incredulidad, mientras se apartaba el pelo empapado de sudor de su frente, respondió:

-       De hipotermia.