martes, 9 de junio de 2020

El factor Bioy Casares - Ejercicio Nº19 c/texto de Vila-Matas



El factor Bioy Casares

Estoy en La Biela, café, bar, confitería y restaurante en La Recoleta de Buenos Aires. Un salón enorme sin aire acondicionado. Hay ventiladores de techo y ventanas abiertas. Los parroquianos habituales no desentonan con las esculturas sentadas de Borges y Bioy Casares, sea por su edad o su actitud. Estoy sin corbata, soy el único con chaqueta, uno de mis sempiternos blazers. Afuera, en la enorme terraza exterior el promedio de edad baja, son casi todos turistas. Hay algunos aquí dentro también. No leen La Nación o Clarín. Algunos parroquianos sí lo hacen. Los turistas se sacan fotos junto a las estatuas sentadas de Borges y Bioy, seguro que nunca los leyeron. Pido una lágrima -suena a título de tango- que en Buenos Aires es un cortado al revés. El mesero que me atiende parece parte del mobiliario. Se me ocurre preguntarle si lleva muchos años trabajando allí. Casi 40, me explica que está pronto para la jubilación pero como la pensión es tan escasa seguirá de mozo mientras el cuerpo se lo permita.
--Entonces conoció a Bioy, le digo.  
--Claro, contesta con interés. Bioy venía todos los días a comer. Vivía a poco más de una manzana, sobre Posadas. Borges lo visitaba de vez en cuando, se sentaba a su mesa para tomar café y charlar.   

Bioy, el amigo incontestable de Borges, el compañero de mesa en el café La Biela, el enamorado de Punta del Este, el infiel pero consecuente esposo de Silvina Ocampo, sigue sin llegar. Borges se refirió a él con cierta ironía secreta: “cuando más tarde llegue más seguro es que vendrá”. Plantea Vila-Matas: “¿…es una broma infinita que [a] … Bioy siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra?”. Bioy señalaba que sus escritos tenían el sentido de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre” […] “Cuando soy feliz escribo novelas”. Por sobre todas las cosas gustaba aplicar en los textos su elegante sentido del humor, su denuncia del lado absurdo del mundo. Agrega Vila-Matas “su idea de que el humorismo es la más alta forma de cortesía”. Agrego a mi vez: sin la alegría, en su caso del humor y el absurdo, no hay vida.

Entonces me pregunto ¿cuántos han leído a Bioy realmente? ¿Cuántos han vagado por esa isla inasible que es La invención de Morel? Luego de 45 minutos en La Biela, en esta mañana de temprano verano porteño, un diciembre sin humedad, sin la pesadez atmosférica que se da muchas veces por allí, veo entrar a alguien de traje y corbata. Usa ropa negra con pantalones tipo bombilla, botas tejanas y un sobrero Stetson. De su cuello cuelga una deslumbrante Canon EOS 5 con un lente propio del sexo de un equino. Otro turista. Entonces reflexiono:

¿Es que ya no da más el tiempo hombres de traje y corbata que sean escritores e intelectuales de valor universal?

Advertencia: algunos políticos quieren disimular su ineptitud vistiéndose así.



Bioy Casares, año 101 (por Enrique Vila-Matas)
El escritor creó un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante.

Le preguntaron un día a Adolfo Bioy Casares cuál era el sentido de su obra. Y él acusó el golpe (que diría un cronista de boxeo) y salió del paso alegando que tales aclaraciones no incumbían a un narrador. Pero por la noche volvió a la pregunta y se dijo que un posible sentido para sus escritos sería el de “comunicar al lector el encanto de las cosas que le inducían a querer la vida, a sentir hasta pena de que pudiera llegar la hora de abandonarla para siempre”.
Al retornar a Bioy, recordamos nuestro derecho como lectores a soñar otras vidas posibles. “Cuando soy muy feliz escribo novelas”, declaró en cierta ocasión. Quizás Bioy, como dice Rodrigo Fresán, es más completo que Borges, pues en él hay una felicidad que no se halla en su gran amigo. Es una alegría que sólo conocen las mentes que, con la ayuda del tiempo, saben transformar la ira, el rencor o la angustia en humorismo. Aunque a veces ese humorismo en Bioy es el causante de no siempre comunicar el encanto de las cosas, porque su afán de lucidez le lleva a descubrir el lado absurdo del mundo, y el afán de veracidad le impide silenciarlo.
Le gustaba citar el caso de Svevo que, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. En esta anécdota solía condensar su idea de que el humorismo es la más alta forma de la cortesía.
Pero tanto el humorismo como “el encanto de las cosas” iban a borrarse la última vez que Borges le llamó desde Ginebra. Bioy le dijo que estaba deseando verle y abrazarle y Borges, con una voz extraña, le contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Días después, Bioy supo que se había producido un equívoco: Borges estaba llorando, había llamado para despedirse.
En sus textos más admirables el centro secreto lo construye un equívoco. Eso sucede en El sueño de los héroes, en el cuento En memoria de Paulina, en la elegancia de Una magia modesta, en La aventura de un fotógrafo en La Plata, en ese genial pero todavía increíblemente poco valorado libro que es Borges, en el muy contemporáneo La invención de Morel. Inventor de tramas que profundizan en la ambigüedad de la realidad, Bioy creó a un lector activo, muy moderno, curtido en la sospecha constante. Y ese centro oculto es precisamente el que hoy le distancia de los clásicos del “género fantástico” y le hace tan vigente y actual.
¿También es una broma infinita que, situados ya más allá del centenario de Bioy, siga sin llegarle el pleno reconocimiento a su obra? ¿Llegaremos a ver cómo finalmente se produce este acto de absoluta justicia literaria?
Impacientes en una reunión porque Bioy no llegaba a tiempo, Borges les dijo a los nerviosos: “Hay dos cosas seguras: una que Adolfo llegará; otra, que llegará tarde. Cuanto más tarde sea, más segura es su llegada; si llegara ahora, quizá no llegue”.
Es probable que siga por mucho tiempo sin llegarle a Bioy el reconocimiento que merece su inmodesta magia elegante. Pero uno también adivina que, cuanto más tarde llegue, más segura será su llegada.

El factor Cervantes. Ejercicio Nº 19 c/texto de Vila-Matas



El factor Cervantes

Hola Jorge
Espero que tú y tu familia sigan bien. Yo estoy Ok, más adaptado a esta anormalidad tildada de “nueva” donde mi vida no ha cambiado mucho. Salgo a caminar en los horarios de "vejetes" y aprovecho para tomar un cortado en la mañana o una merienda en la tarde. No siento necesidad de actividades estrafalarias. Afortunadamente estoy más productivo lo que no significa que escriba mejores textos. Al contrario, temo ir perdiendo algo de espontaneidad aunque estuviera plagada de errores.

Me divirtieron las casualidades que se dan a consecuencia de lo reducido de mi “paisito”. En una corta columna del conocido y admirado Enrique Vila-Matas (no dejes de leer su "Historia portátil de la Literatura") en El País que llama “El factor Montevideo”, me dio pie para reflexionar otra vez sobre eso que tú llamas la “incestuosidad montevideana”. En menos de un folio menciona a una serie de personajes y lugares con los que –excepto por Lautréamont- he tenido una relación más o menos cercana. Cosas del paisito. Te cuento:

Empieza por decir que en Montevideo se cruzó con la sobrina de Felisberto Hernández, pianista-escritor a quien no conocí personalmente. Murió en 1958 cuando yo recién me acercaba a la música profesional. Eso sí, conocí a su viuda (una de tantas: ¡músico al fin y al cabo!) Amalia Nieto, reconocida pintora, tengo fotos con ella de varios vernissages. También Aldo -su nieto político por parte de Amalia- es pianista y de mi amistad. Luego pone a Onetti; ya sabes lo de su posterior hábito de quedarse tumbado en cama; me pesa que la primera vez fuera a raíz de unas fotos que le tomé. Menciona a Idea Vilariño, la amante devota de Juan. No tuve contacto con ella pero sí con su hermano Numen, músico como todos los Vilariño: Idea era violinista. Luego viene Mario Levrero. Perla Domínguez, su relación extramatrimonial, fue desde niña, la mejor amiga de Claudia, mi exmujer. Venía por casa, una chica siempre brillante. Tuvo un hijo de él, Nicolás Varlotta -el apellido real de Levrero- quien a su vez trabajó junto a mi hijo postizo Martín en temas audiovisuales hasta no hace mucho tiempo. Más conexiones:

Habla del Hotel Cervantes donde tiene lugar el cuento de Cortázar "La puerta maldita". Lo escribió mientras se alojaba allí. La recepción que describe en el cuento era tal cual; la recuerdo vívidamente incluso con la horrorosa reproducción de la Venus de Milo. Lo visitaba seguido para entregar mercaderías o hacer cobranzas cuando trabajaba en el almacén por mayor de mis tíos. La empresa del Cervantes se llamaba Cetal S.A., nos compraba insumos de hostelería a través de su gerente, el Sr. Mas. Pienso que huéspedes ilustres como Borges en 1954, Cortázar en 1956 y Bioy Casares en 1962 -cuando escribió otro cuento situado en ese mismo hotel- se hayan limpiado el culo con papel higiénico suministrado por el almacén de mis tíos. Ja, ja, fíjate, ¡qué relación tan íntima! Años después, de 1984 a 2007 pasaba un par de veces a la semana por la puerta cuando iba a dar clases en el Conservatorio Municipal de Montevideo a la vuelta del hotel. El cine Cervantes, que figura en el cuento de Cortázar sin poner su nombre, cerró y se usó para montar un taller de confecciones de ropa. Al quebrar Cetal S.A., el viejo hotel se transformó en una pensión de mala muerte. Hace poco tiempo unos capitales argentinos reformaron el edificio y vuelve a ser hotel, ahora con más estrellas y llamado Esplendor. Hay más coincidencias:

Hacia el final del texto habla del poeta Herrera y Reissig y su “Torre de los panoramas”, un claustrofóbico cuartucho en la azotea de su casa de Reconquista e Ituzaingó. Una única ventana al atardecer sobre el mar le daba “panorama”. A una cuadra de allí establecí en 1969, junto a mi amigo del alma, Oscar Bonino, el estudio fotográfico “Camera”. Llegamos con el lema: "En la ciudad vieja con ideas nuevas"; más adelante nos fuimos, callados y sin ideas.

Bueno, no te aburro más. Cuéntame de tus cosas y el progreso de esa nueva novela. Es una lástima que ya no exista el almacén de mis tíos pues si te trabas en su desarrollo parecería que limpiarse el culo con su papel higiénico ayudaba a la literatura.  

Abrazos digitales y saludos a tu mujer.

Mario, en la anormalidad de la "nueva” normalidad 


El texto deVila-Matas:
El factor Montevideo (por Enrique Vila-Matas)

 En Montevideo me crucé con la sobrina de Felisberto Hernández. Como dos días antes, en el bonaerense barrio de Palermo, a dos pasos de la seductora librería Crack Up, había saludado a la sobrina de Gombrowicz, pensé que había entrado en una racha de sobrinas y que luego vendrían las de Onetti, Idea Vilariño, Levrero, Lautréamont, y así hasta la intemerata. Pero la racha se apagó enseguida, terminó en Felisberto, aquel pianista que jugaba a no terminar sus geniales cuentos y que vivió en Montevideo en un piso encima del cine Rex sin saber que su nueva esposa era espía y por la noche, en lugar de trabajar de modista, transmitía “secretos nucleares” a Moscú.

Cerca del Rex estuvo el Cervantes, el hotel donde Cortázar situó su famoso cuento La puerta condenada. Le cambiaron el nombre y ahora se llama Esplendor. Tras una breve incursión en él, pude averiguar que la habitación del tremendo relato es la 106 y está siempre ocupada, eso al menos dijeron los recepcionistas, quizás para darle más misterio al asunto.
Paseando, me acordé de El uruguayo, libro escrito en francés por Copi y el único que he traducido en mi vida; una experiencia juvenil muy instructiva, porque me parecía tan disparatado lo que allí se relataba que creía que lo estaba traduciendo mal, pero en realidad sólo estaba descubriendo la libertad al narrar: “Aquí tienen palabras para todo. Hay una para decir me siento en mi lugar y ésta es precisamente el nombre de la ciudad: Montevideo”.
Pronto empecé a tener la extraña sensación de estar en mi lugar, y quizás por eso fui mirando sin demasiado asombro la arquitectura de la ciudad, el llamado “estilo Montevideo”. La belleza de las plazas y calles —sólo Nueva York la supera en edificios art decó— viene de la gran época de prosperidad de principios del siglo pasado, la edad de oro uruguaya que facilitó incluso que surgieran allí las primerísimas “vanguardias literarias” de América Latina, con el poeta y falso morfinómano Julio Herrera y Reissig a la cabeza.

En una de las sencillas casas de primera línea frente al Río de la Plata, el joven Herrera y Reissig, genio y figura, creó en 1900 una conjura de poetas, una banda de “detectives salvajes” que conspiraban en “La Torre de los Panoramas”, un minúsculo cuarto en el terrado del edificio. Allí, un cartel advertía jocosamente en la entrada: “Prohibido el paso a los uruguayos”.
Ricardo Ramón me guio hasta la Torre, donde nada queda de los viejos tumultos, pero a la vez todo está allí, diría que perfectamente ausente. A cuatro pasos, el rascacielos Salvo, monumental edificio art decó inspirado en la Divina Comedia, también parece deshabitado.

Pasan montevideanos. Son personas muy amables, no contaminadas del histerismo moderno, reñidas enigmáticamente con el malhumor. Sonríen, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. En la ciudad el ritmo es sabio y antiguo, lo cual es maravilloso. Las casas, el puerto, las calles, las playas, emiten signos de una calma rara que nos lleva a sentir que en verdad hemos llegado a nuestro lugar.

lunes, 8 de junio de 2020

Apuntes para una historia







Breve historia de un encuentro
o
Apuntes para una historia más larga



Navidades de mil novecientos sesenta y cinco, una lluvia fina tropezaba contra el parabrisas de la Barreiros. Transportábamos un cargamento de varios cientos de tubos de acero. Mi compañero era mayor, tendría unos cuarenta años, estaba casado y ya era calvo. Se interesaba por mi vida no entendía que un estudiante de buena familia trabajara como repartidor, le sonreía, no sabía que contestarle para que me entendiera. Le llamaba la atención mi aspecto, el pelo por los hombros, botas camperas, zamarra militar de cuero comprada en el rastro, pantalones tejanos de la base americana de Torrejón y siempre con un libro o un cuaderno tomando notas, escribiendo.
¿Qué significa on the road? Preguntó. En el camino, contesté, es la historia de un tipo que narra cinco viajes por diversos lugares de estados unidos, narra sus aventuras, describe la gente que conoce, ya sabes, droga sexo y libertad.
Una buena vida contestó, seguro que no estaba casado, ni tenía hijos, ni familia.
De pronto un frenazo seco, sobre la calzada un hombre tendido en el suelo. El lugar no era de los que entran en los recorridos turísticos. bajamos para interesarnos, llevaba en la mano un papel sucio donde guardaba un polvo blanco, mi compañero miró arriba y abajo a derecha e izquierda, vámonos dijo
¿Qué haría el tipo de la novela en este caso? Lo que vamos a hacer huir lo más rápido posible, ah supongo que el polvo blanco también se lo llevaría.
Salimos disparados -estaba muerto, sabes -, pues corre más En la huida un ruido de doscientos tubos de acero de cinco metros de largo se vertía sobre el asfalto cortando la circulación.
¡Venga apartar esa chatarra!
¡Chaval date prisa!

Sentado sobre los tubos abandonados fumaba, mis ojos penetraban en el humo de los cigarrillos, pensaba o me deje llevar por la imaginación. El tiempo pasaba pensando que mi compañero no tardaría en traer ayuda, la lluvia comenzaba a ser aguanieve.
Sentía frío, pero me encontraba sereno, me venían ideas, historias donde ser protagonista de alguna aventura, mi imaginación volaba a los espacios conquistados por tantos robinsones perdidos en los mares del sur, abrumado por una naturaleza hostil.
Recordé algo escrito en la pared del metro: huid con rumbo a un atolón prohibido.

Me dio tiempo a inspeccionar, el lugar era de cables no empotrados, donde la luz se engancha sin toma de tierra, donde se amontona el sol sobre deshechos de pisos (cocinas, lavabos, váteres, azulejos, grifería) entre muros a medio caer, ruinas, colgajos de hormigón, adornos de la realidad donde se dibujaban signos entre cabezas de animales.
Una banda de gitanillos comenzó a subirse a los tubos, algunos querían agarrar alguno y llevárselo, menos mal que pesaban bastante, otros solo querían jugar, les dejaba solo por ver como se resbalaban por la grasa que llevaba el metal. Hasta que de pronto salieron, de no sé dónde, cinco tipos mal encarados, sacados de alguna novela negra, solo había leído algunas de un tal Montalbán, tipos suburbiales de algún casco viejo de Barcelona.
Tuve miedo, pero os confieso que es la emoción más intensa que existe.

El alboroto de la chiquillería hizo que viniera un guardia para ver qué pasaba, le conté la historia, tranquilo- me dijo, ahora hablo con alguien de la zona y no tendrás problemas.
Calles a medio asfaltar, caminos de tierra que se adentraban si saber a dónde, senderos sin gloria que se alargan, que avanzan entre cardos y espigas rechazadas en la última cosecha. Entre límites que se elevan, que se hunden entre el espejismo de tierras vaciadas.
Territorios donde crece el maíz entre derribos y desahucios.
Sentado sobre los tubos sentía el viento frío, los párpados se negaban a abrirse.
Anochecía entre las hogueras de bidones de Cepsa, se amontonaban muchachas dorándose en la noche.
(Que extraño mundo de cenizas sobre el barro de la nieve negra). Pensé

Dos faros avanzaban por una pequeña loma, se acercaban por un camino de piedras, al fin venían a rescatarme. Mientras cargaban la mercancía me permitieron que me acercara al calor de las hogueras. Tiritaba, el conductor sacó una botella de coñac y me la ofreció, llévala a la hoguera, te lo agradecerán.
En una de ellas dos individuos bromeaban quemando un lagarto, una rata y una culebra. Aquellos chirridos y todo este día marcaron mi territorio.
Comprendí la nada, la plenitud de esa gente por no tener ninguna cosa, y que nada puede cambiar sus vidas.

Agarré mi libreta como si fuera un clavo ardiendo, comencé a escribir la idea de una historia: en algunos lugares se sabe que alguien como nosotros come carne humana de niños pequeños con regularidad para no morir de hambre. Será el comienzo de la historia, ya veremos cómo acaba.

Quedaba poco tiempo para la cena, llegaría tarde y no sabía que decir para justificar la tardanza. No me agradaba contar la verdad.
Se estropeo la furgo por la Ventilla y tuvimos que esperar a que viniera una grúa, fue lo único que dije.
Antes de acabar la comida y poco después de los postres nos intercambiamos los regalos. Mi padre me regaló en cuatro tomos las obras completas de un tal Borges y mi madre una estupenda cámara fotográfica con distintos objetivos, la regalé una estilográfica, me costó un ojo de la cara, para que siguiera con su diario y a mi padre un sextante para su colección que adquirí a un viejo anticuario del rastro, el mismo día que compré mi vieja zamarra militar, con este regalo me quedé ciego y no sé cuándo podría echar un vistazo a Borges, 

Con dieciocho años quise ser poeta no fue difícil por un tiempo, aparte de escribir también añoraba poder cantar, no tenía una gran voz, frecuentaba viejos garitos con olor a humedad, no pedían muchas explicaciones, pero cuando se apagaban los focos, y solo se iluminaba el teclado, mi cerveza, me daba por satisfecho.
Conocí a mucha gente, una noche apareció un poeta jerezano, famoso que no conocía por aquella época, rondaba los setenta años, pasé con él una temporada, casi diecinueve días con sus quinientas noches, me enseño todo su manual de infracciones.

Leyendo a Lorca supe que en Viena hay diez muchachas, que en un hombro solloza la muerte en un bosque de palomas disecadas. Que, en un fragmento de la mañana, hay un salón con cien mil ventanas.
Llegué a Viena, busqué por los rincones de la ciudad, por sus esquinas más afiladas, entre los palacios de año nuevo.
Solo encontré mi piano entre mis brazos, empapado en coñac.

El dinero escaseaba, fluía rápido por mis venas. En Madrid no había nada que hacer, quizás un poco de sexo, muchas veces mercenario.
Me contrataron, sin mucha dificultad – seguro que por mi aspecto-, en una oficina de detectives.
La vida de un detective era interesante, eso pensaba leyendo los casos de Pepe Carvalho o Sam Spade en el Halcón Maltés, pero los casos más importantes eran de aburridas e imponentes damas, que nos contrataban para justificar sus propias aventuras al conocer que sus maridos tenían amantes, situación que ellas sabían, pero por habladurías de amigas o enemigas, estas la mayoría de las veces. Querían la evidencia para ellas sentirse también libres.

Como Cirlot en Nebiros pensé: Tengo que salir de aquí. Del cajón de la mesa saqué mi antigua libreta de notas solo seguía escrito el comienzo de aquella historia no había nada más.

Alquilé un local y me instalé por mi cuenta. Por la noche después de poner una placa en la puerta de entrada (Israel Zimmermann - Investigador), compré una botella de champagne y brindé a solas.
Era la profesión perfecta para alguien que le gusta merodear por las calles cuando el silencio se recoge para no ser oído, visitar lugares donde no es fácil caminar solo, sin rumbo, donde eres sospechoso y no tienes pinta de inocente.
Uno de esos lugares era un mercado de libros, tomé uno al azar, con la sensación de que aquel lugar me observaba, un lugar miserable, todo era miserable, hasta el atardecer era miserable.
Caminaba mecánicamente entre bares llenos de prostitutas

Una mañana llegó un hombre para que investigara a una mujer con la que llevó una relación de trabajo durante ocho años. La tuvo que despedir porque cada vez cumplía menos con sus obligaciones. Según su versión esta mujer tenía algo que le pertenecía y que podía implicarle en un asunto grave.
Estrelló la foto de la mujer sobre la mesa de forma violenta, era una foto muy usada, los bordes estaban amarillentos del uso. En su reverso había escrito sus señas de identidad.
Era un rostro lleno de fracaso. Pensé al ver la foto

El trabajo no parecía muy difícil encontrar a la mujer y convencerla de que su situación no era muy segura, ella, como yo, sabíamos quién era aquel hombre, era un verdadero diablo, por lo que convenía dejar la situación tranquila y que volviera a trabajar como siempre.

Un mañana la vi salir del edificio con guantes de forense, no me gustaba la situación. La sigo en su paso rápido, decidido.

Vi cómo llegó, como se acercó a aquel hombre, con odio, con ganas de venganza, de que sintiera su soledad. El lugar era conocido por los dos, el hombre la esperaba recostado en la puerta, una casa en las afueras, sin lujos, con lo esencial. La zona se encontraba en una situación de abandono, diría que la utilizaban como un refugio, olía a escombros, a restos de vigas con moscas.
Sobre la puerta y casi caído había un letrero sucio. Intente leer: neeebiiiiross en ese momento el letrero se desplomó. ¿Dónde había oído ese nombre? Era una palabra extraña sin sentido.

Le aseguro que detrás de los cristales se ven más cosas que solo la monótona lluvia, contesté a la pregunta del oficial en el atestado: ¿Cómo pudo ver lo que pasaba desde fuera de la vivienda?

Como testigo asisto al juicio.
Seguía entera, más elegante que cuando la vi por última vez, más guapa. Algo tenían sus ojos podía sentir su sequedad, ya no le quedaban lágrimas.
Sin arrepentimiento mantuvo la entereza, (con una hoz en la mano derecha subió al estrado) y juró ante la biblia la verdad de su cansancio, la necesidad inútil de su sacrificio.

¿Cómo fue? Dijo el juez
Le gustaba desnuda, sentirme, él también se encontraba desnudo pero su cabeza siempre dentro de un pequeño saco de café, le agradaba verme como se lo hacía entre la malla de arpillera. A veces teníamos juegos, pero yo ya estaba cansada, sobre todo de los golpes que recibía si él no llegaba a correrse.
El juego aquella vez era correrse dentro de mi mientras yo le apretaba su cuello antes de llegar al punto de asfixia. Apreté hasta encontrar el dolor del grito, hasta que dejó de moverse - dijo ella.

En la sala solo se oía la voz amarga, el murmullo de la última gota de sangre de un costado abierto.

Fue condenada a veinte años de prisión, aquello supuso dejar de creer en el ser humano. La violencia, la venganza, la brutalidad de quien la ejerce no tiene contraposición con quien la recibe, seguía sintiendo aquella contradicción de la infancia.

Esta navidad cumplo cincuenta y cinco años, a primeros de año me jubilan. Después de todo entré en la Policía, y no me fue mal. Este invierno llega lleno de recuerdos, como la basura envuelta en bolsas de plástico. Como los geranios envueltos para que no sufran los rigores del frío.
Sigo estando sentado sobre una montaña de tubos de acero de entre cinco y seis metros de largo esperando mi rescate.
Esta vez no hace frío, el tiempo está cambiando, ¿será verdad eso del cambio climático?  

Cleo, como otra navidad, me invita a cenar en su restaurante, supo rehacer su vida.
Es nochebuena y en mi ritual anual paseo por estos lugares donde la gente solitaria no es recomendable, después camino hacia el restaurante.
Ella misma prepara la cena.
Al final Cleo me ofrece un regalo, abro el paquete, es un libro su título NEBIROS de Juan Eduardo Cirlot. Reímos. Ella recibe mi regalo es una pequeña caja que contiene un broche de oro, en forma de hoz.

Mientras cierro la puerta, Cleo apaga las luces, el Whatsapp se llena de mensajes con bolsas de color rojo.

     Caminamos despacio, mirando al suelo, comenzamos a contar los adoquines que pisábamos.
     Pesaba su mano derecha, la apretaba en un puño que cerraba con fuerza, me di cuenta muchas veces, pero nunca dije nada.
     
      Caminamos hasta el final de la noche. (Gracias Celine)
      ¿Una nueva aventura?  Quizás una nueva incertidumbre. 
       
     Uffff,  bueno ya está dicho




       



Pretendido escrito metaliteratura




Es preferible no saber de qué va la historia, si lo sabes de antemano, malo: sólo vas a decir lo que ya sabes, que es lo que sabemos todos.
Lo mejor es no saber lo que quieres decir, pero si sigues escribiendo, acabarás diciendo algo que ni siquiera tú sabías que sabías y que sólo tú puedes llegar a saber, y eso a lo mejor tiene algún interés.

Para empezar, contaré una historia que no existe en realidad. Mac tenía una hija clavada en una caja de cartón dentro de una colección de lepidópteros, insectos casi siempre voladores conocidos como mariposas.
Todas las noches miraba su colección y la sonreía.
En un frasco de cristal tenía a su mujer conservada en alcohol de 70 grados o formol al 10 por ciento no lo recuerdo bien, supongo que en formol por su capacidad biocida que impide la descomposición de las muestras. Al igual que con su hija al irse a dormir le daba las buenas noches.

Desde el año 2010 existen en España 6.053 personas desaparecidas, en su mayoría sin resolver ya que no se dejan rastro.

La novela que escribió sobre este hecho obtuvo varios premios, lo que le reportó unos buenos beneficios. Su realismo, según los críticos, rayaba con la inocencia de un amor familiar, casi imposible. Lo denominaron novela del realismo imposible.
Se hizo una serie, una película y hasta una obra de teatro en un circuito underground de Praga. Se estaba pensando en realizar una comedia musical en la quinta avenida.

Anduvo este Mac codeándose con la crema de la intelectualidad como dice el schotis. Pero la suerte a veces se tuerce y como diría un escritor fascista la realidad se escribe con reglones torcidos.

Encontraron su cuerpo de cúbito supino en el suelo de la habitación de un hotel en París. No parecía un robo ya que la habitación se encontraba en perfectas condiciones y la caja fuerte sin forzar. ¿Un crimen pasional? ¿Por drogas? En una mesilla encontraron instrumental para inyectarse sustancias en vena y un preservativo usado sobre su espalda desnuda.

Como periodista me encargaron cubrir el sepelio. El día era esplendido casi un día de primavera en pleno mes de enero en Madrid.
Al cementerio no acudió nadie, allí estábamos el conductor del tanatorio, tres sepultureros y yo.
Solo dos coronas de rosas negras sobre su tumba sin más adornos “Tu mujer que no te olvida” “Tu hija que no te olvida”.

La ficción a veces se confunde con la realidad.


+ Basado en textos de Javier Cercas, José María Pemán, Franz Kafka, Leonardo Sciascia y escritos sueltos de literatura underground

viernes, 5 de junio de 2020

Doble reflexión en el Saler



Des fase dos
01062020
Un buque se disfraza y flota sobre la superficie de un hombre desnudo
La luz oscurece las olas con el filtro verde que usas.
Un espejismo: ilusión óptica debida a la reflexión total de la luz cuando atraviesa capas de aire de densidad distinta, con lo cual los objetos lejanos dan una imagen invertida, ya por bajo del suelo como si reflejasen en el agua, lo que sucede principalmente en las llanuras de los desiertos, ya en lo alto de la atmosfera, sobre la superficie del mar.

jueves, 4 de junio de 2020

Reviviendo a plazos: Diario de desreclusión, cuota Nº3



Reviviendo a plazos – (Diario de desreclusión III)

III - Mercat Central

“Caminante, son tus huellas el camino, y nada más; caminante, no hay camino: se hace camino al andar…” (Antonio Machado)

Salgo tarde. No tengo que ir a ningún lado, sólo caminar. El horario de paseo para mayores ya lleva más de una hora habilitado y aun no he comenzado. Al salir de mi apartamento de Blanquerías tengo sólo dos opciones: caminar a la izquierda o a la derecha. Este jueves arranco hacia la izquierda. Buen ritmo en mis pasos, se aspira un aire vigorizante. Llego a Salvador Giner; la puedo cruzar y seguir hasta el IVAM o tomar a mi izquierda y continuar por calle Alta. Me decido por esta alternativa. De la plaza San Jaime, donde confluyen calle Alta y calle Baja, nace la de la Bolsería. Desde allí miro hacia adelante y veo la fascinante arquitectura del Mercat Central. Queda un poco más allá de los límites de mi gueto pero si hago compras justificaré la transgresión. Se me hace camino y prosigo.

Antes de que apareciera la cosa solía ir al Mercat una vez por semana. Combinaba compras, un exquisito cortado en un pequeño bar –con charla con la dueña, una profesora venezolana de filología- con el deleite de ver, de sentir, de olfatear, de deambular, de encandilarme, de escuchar al recorrer desordenadamente sus múltiples pasillos. Miraba, gozaba y aprendía. Recordé a mi abuela valenciana: aparecían sus caracoles, sus anguilas, sus setas misteriosas, su arroz de la Albufera, sus clóxinas tan diferentes de los mejillones del Atlántico, su orchata, su infaltable conejo. Oía recreado en decenas de señoras clientes o puesteras, su dulce acento de castellano valencianizado.

En el mismo puesto donde en otoño compro setas para saltar con ajo y aceite virgen, descubro vegetales con nombres extraños: garrafón, roget, bovis, ferraura, piparra, panocha dulce. Hay más, no recuerdo. La caminata y el deambular por todo el Mercat me han hecho exceder el primer toque de queda: ya son más de las doce. Debo hacer alguna compra. No necesito mucho, algo para unas ensaladas. Aprovecho para conseguir mis tomates favoritos: los rosa de Barbastro, no hay por otros lados. Sé que no es la época para los originales, aquellos completamente naturales que se abonan con estiércol orgánico plantados en tierras de Huesca. Son el “orgullo oscense”. En esta época vienen de Almería pero la semilla está ahí; eso es lo que importa. Se me ha ocurrido que a través de una ingesta regular de estos tomates, “no siempre perfectos, con sus arrugas y su culo mal hecho…” podría lograr mayor vuelo literario como un gran oscense lo ha demostrado. Consigo dos hermosos ejemplares, son los más chicos y pasan igual del quilo. Ahora tengo que decidir sobre la lechuga: me ofrecen romana o valenciana. En otras palabras Virgilio, Horacio, Juvenal, Catulo, Lucrecio por un lado o Ausias March, Joan Timoneda, Blasco Ibáñez, Vicente Querol por el otro. Me decido por la lechuga valenciana, seguramente tendrán bien asumidos sus antecesores romanos.

Fue un camino con destino impensado, se hizo huella y nada más. Me sentí conmovido en el Mercat Central, me arrastró la emoción. Reviví mi confianza en la exuberante lujuria de los colores y olores de la huerta de España. Un Mercat sin turistas pero rebosante de alma.

Valencia, 21 de mayo de 2020. “Reviviendo a plazos”, cuota Nº3: lechuga valenciana € 0.60 (dominio público), 2 tomates rosa de Barbastro € 3.95 (derechos de autor y editoriales).

lunes, 1 de junio de 2020

Reviviendo a plazos: Diario de desreclusión, cuota Nº2



Reviviendo a plazos – (Diario de desreclusión II)

II – Café con leche sin tostada ni periódico

Estaba en El Carmen pero me sentí en Epidauro. Epídavros le oía pronunciar a la profesora-guía griega que nos acompañaba en el que fue el mejor viaje de toda nuestra vida. Recorríamos el Peloponeso junto a unos pocos estudiantes de USA y menos profesores de otros países, incluyendo a Claudia, mi mujer, y a mí. Llegamos al valle al pie del monte Cirtonio, el lugar del santuario de las sanaciones en Epidauro, venerado desde el siglo XVI a.C. En el VI a.C. empieza el culto a Asclepio (el del bastón con la serpiente enroscada, el símbolo médico que aun usamos), es un equivalente de Lourdes en el clasicismo griego y al que acudían también hordas de peregrinos. Durante siglos van construyendo más templos. Recuerdo las ruinas del Tholos circular con un intrigante laberinto subterráneo (atento Borges). Hay un estadio, palestras, el impresionante teatro de acústica perfecta y lo que se cree constituyó el primer sanatorio organizado de la historia occidental. Se armaban festivales de música, espectáculos de teatro y carreras de caballos. Los concursos de poesía comenzaron a partir del siglo IV a.C., luego sobreviene la decadencia del período helenista. Tribus de nórdicos, rubios y racistas Godos germanos dieron la estocada final a estas oníricas distracciones mediterráneas entre el siglo III y IV d.C. No ha cambiado mucho al día de hoy.

Pero no es la historia ni el mito de Asclepio o el templo de Apolo o el Tholos o el teatro o la palestra o el estadio o los certámenes de poesía o los cientos de chiringuitos que seguramente habrán existido en aquellos tiempos, lo que me transporta a Epidauro este miércoles en la mañana tardía de una primavera valenciana maravillosa es el aire, el ambiente percibido, la atmósfera, la temperatura, el viento que no hay pero que trae más oxígeno en el aire inmóvil, la brisa epi tis auras (Epídaurus, quiere decir literalmente “sobre la brisa”). Con la temperatura perfecta y cielo azul de Photoshop me sentí en Epidauro en la primavera de 1970. Así son los abundantes días sanadores del clima mediterráneo. Pasé muchas horas en ese sanatorium bajo árboles herederos de aquellos otros que durante siglos y siglos cobijaron a quienes llegaban al monte Cirtonio y su valle. Entonces me di cuenta que lo de Asclepio no era un mito, era real, esa atmósfera mediterránea sanaba, curaba al cuerpo y al alma.

Estoy en la placita del Carmen sobre el carrer Pare D’Òrfens donde no hay circulación de coches. Solo el murmullo persuasivo, convincente, también curativo que brota de la fuente del monumento al escultor Mariano Benlliure. Está debajo de un gran jacarandá, ya casi sobre el fin de la plaza. No está pavimentada, es sólo un suelo de gravilla con agradables faltas de uniformidad. Veo un cariñoso y espeso tapiz de pétalos lilas que caen de los jacarandás. Esto la embellece aun más. Aparece el mesero:

--Por favor, tráeme un café con leche caliente sin lactosa, azúcar moreno y una tostada de tomate; ah, ¿tienes el periódico?
--No tengo nada más que café con leche común y azúcar blanco; ni tostadas ni bollería, nada para comer. Del periódico ni hablar, está prohibido.
--Bien, tráeme ese café con leche calentita y listo.

Fue el mejor café con leche desde hacía meses. Curiosamente ese epi tis auras, sobre la brisa, sirvió para hacer desaparecer los habituales y, de cierto modo atávicos, efluvios nauseabundos de buena parte de la Ciutat Vella. Existieron cementerios allí en épocas de moros porque quedaba extramuros. Se llamaba Roteros, un aledaño de Balansiya, aun no se le conocía como El Carmen.

Como en Epidauro, no fue la bebida en sí que me hizo sentir en perfecta armonía existencial hasta conmoverme, era la atmósfera curativa, re-componedora, exultante, re-energizante, de ese aire sin viento pero “sobre la brisa”. El silencio sonoro y bello de lo simple, lo cotidiano, lo que muchas veces dejamos de lado ante lo que nos encandila. Me corrieron lágrimas de emoción que se extinguieron en la mascarilla que llevaba caída sobre el mentón.

Un café con leche sanador.

Valencia, 20 de mayo de 2020. “Reviviendo a plazos”, cuota Nº2: € 1.50 con servicio.